|
| 1 |
2 | 3 |
4 | 5 |
6 |
7 | 8 |
9
| 10 | 11 |
12 |
13 | 14 |
15
| 16 |
Capítulo 8
Lo sacrificado a los ídolos
8:1 En cuanto a lo sacrificado a los ídolos, sabemos que todos tenemos
conocimiento. El conocimiento envanece, pero el amor edifica.
8:2 Y si alguno se imagina que sabe algo, aún no sabe nada como
debe saberlo.
8:3 Pero si alguno ama a Dios, es conocido por él.
8:4 Acerca, pues, de las viandas que se sacrifican a los ídolos,
sabemos que un ídolo nada es en el mundo, y que no hay más
que un Dios.
8:5 Pues aunque haya algunos que se llamen dioses, sea en el cielo,
o en la tierra (como hay muchos dioses y muchos señores),
8:6 para nosotros, sin embargo, sólo hay un Dios, el Padre,
del cual proceden todas las cosas, y nosotros somos para él; y un
Señor, Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros
por medio de él.
8:7 Pero no en todos hay este conocimiento; porque algunos, habituados
hasta aquí a los ídolos, comen como sacrificado a ídolos,
y su conciencia, siendo débil, se contamina.
8:8 Si bien la vianda no nos hace más aceptos ante Dios; pues
ni porque comamos, seremos más, ni porque no comamos, seremos menos.
8:9 Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero
para los débiles.
8:10 Porque si alguno te ve a ti, que tienes conocimiento, sentado
a la mesa en un lugar de ídolos, la conciencia de aquel que es débil,
¿no será estimulada a comer de lo sacrificado a los ídolos?
8:11 Y por el conocimiento tuyo, se perderá el hermano débil
por quien Cristo murió.
8:12 De esta manera, pues, pecando contra los hermanos e hiriendo su
débil conciencia, contra Cristo pecáis.
8:13 Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de
caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi
hermano. |