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Capítulo 1
La revelación de Jesucristo
1:1 La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar
a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola
por medio de su ángel a su siervo Juan,
1:2 que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio
de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto.
1:3 Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta
profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo
está cerca.
Salutaciones a las siete iglesias
1:4 Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz
a vosotros, del que es y que era y que ha de venir,
y de los siete espíritus que están delante de su trono;
1:5 y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos,
y el soberano de los reyes de la tierra.
Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre,
1:6 y nos hizo reyes y sacerdotes para Dios, su Padre;
a él sea gloria e imperio por los siglos de los siglos. Amén.
1:7 He aquí que viene con las nubes,

 
y todo ojo le verá, y los que le traspasaron;
y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él.
Sí, amén.
1:8 Yo soy el Alfa y la Omega,
principio y fin, dice el Señor,
el
que es y que era y que ha de venir,
el Todopoderoso.
Una visión del Hijo del Hombre
1:9 Yo Juan, vuestro hermano, y copartícipe vuestro en la tribulación,
en el reino y en la paciencia de Jesucristo, estaba en la isla llamada
Patmos, por causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesucristo.
1:10 Yo estaba en el Espíritu en el día del Señor,
y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta,
1:11 que decía: Yo soy el Alfa y la Omega,
el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves, y envíalo
a las siete iglesias que están en Asia: a Efeso, Esmirna, Pérgamo,
Tiatira, Sardis, Filadelfia y Laodicea.
1:12 Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo; y vuelto,
vi siete candeleros de oro,
1:13 y en medio de los siete candeleros, a uno semejante al Hijo del
Hombre,
vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el
pecho con un cinto de oro.
1:14 Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve;
sus ojos como llama de fuego;
1:15 y sus pies semejantes al bronce bruñido,
refulgente como en un horno; y su voz como estruendo de muchas aguas.
1:16 Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía
una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece
en su fuerza.
1:17 Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso
su diestra sobre mí, diciéndome: No
temas; yo soy el primero y el último;  
1:18 y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí
que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves
de la muerte y del Hades.
1:19 Escribe las cosas que has visto, y las que
son, y las que han de ser después de estas.
1:20 El misterio de las siete estrellas que has
visto en mi diestra, y de los siete candeleros de oro: las siete estrellas
son los ángeles de las siete iglesias, y los siete candeleros que
has visto, son las siete iglesias.
Capítulo 2
Mensajes a las siete iglesias: El mensaje a Efeso
2:1 Escribe al ángel de la iglesia en Efeso:
El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de
los siete candeleros de oro, dice esto:
2:2 Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo
y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los
que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos;
2:3 y has sufrido, y has tenido paciencia, y
has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado.
2:4 Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer
amor.
2:5 Recuerda, por tanto, de dónde has
caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si
no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar,
si no te hubieres arrepentido.
2:6 Pero tienes esto, que aborreces las obras
de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco.
2:7 El que tiene oído, oiga lo que el
Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a
comer del árbol de la vida,
el cual está en medio del paraíso de Dios.
El mensaje a Esmirna
2:8 Y escribe al ángel de la iglesia en
Esmirna: El primero y el postrero,  
el que estuvo muerto y vivió, dice esto:
2:9 Yo conozco tus obras, y tu tribulación,
y tu pobreza (pero tú eres rico), y la blasfemia de los que se dicen
ser judíos, y no lo son, sino sinagoga de Satanás.
2:10 No temas en nada lo que vas a padecer. He
aquí, el diablo echará a algunos de vosotros en la cárcel,
para que seáis probados, y tendréis tribulación por
diez días. Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la
corona de la vida.
2:11 El que tiene oído, oiga lo que el
Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá
daño de la segunda muerte.
El mensaje a Pérgamo
2:12 Y escribe al ángel de la iglesia en
Pérgamo: El que tiene la espada aguda de dos filos dice esto:
2:13 Yo conozco tus obras, y dónde moras,
donde está el trono de Satanás; pero retienes mi nombre,
y no has negado mi fe, ni aun en los días en que Antipas mi testigo
fiel fue muerto entre vosotros, donde mora Satanás.
2:14 Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que
tienes ahí a los que retienen la doctrina de Balaam, que enseñaba
a Balac a poner tropiezo ante los hijos de Israel, a comer de cosas sacrificadas
a los ídolos, y a cometer fornicación.
2:15 Y también tienes a los que retienen
la doctrina de los nicolaítas, la que yo aborrezco.
2:16 Por tanto, arrepiéntete; pues si
no, vendré a ti pronto, y pelearé contra ellos con la espada
de mi boca.
2:17 El que tiene oído, oiga lo que el
Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer
del maná escondido,
y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre
nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe.
El mensaje a Tiatira
2:18 Y escribe al ángel de la iglesia en
Tiatira: El Hijo de Dios, el que tiene ojos como llama de fuego, y pies
semejantes al bronce bruñido, dice esto:
2:19 Yo conozco tus obras, y amor, y fe, y servicio,
y tu paciencia, y que tus obras postreras son más que las primeras.
2:20 Pero tengo unas pocas cosas contra ti: que
toleras que esa mujer Jezabel, 
que se dice profetisa, enseñe y seduzca a mis siervos a fornicar
y a comer cosas sacrificadas a los ídolos.
2:21 Y le he dado tiempo para que se arrepienta,
pero no quiere arrepentirse de su fornicación.
2:22 He aquí, yo la arrojo en cama, y
en gran tribulación a los que con ella adulteran, si no se arrepienten
de las obras de ella.
2:23 Y a sus hijos heriré de muerte, y
todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriña la
mente y el corazón;
y os daré a cada uno según vuestras obras.
2:24 Pero a vosotros y a los demás que
están en Tiatira, a cuantos no tienen esa doctrina, y no han conocido
lo que ellos llaman las profundidades de Satanás, yo os digo: No
os impondré otra carga;
2:25 pero lo que tenéis, retenedlo hasta
que yo venga.
2:26 Al que venciere y guardare mis obras hasta
el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones,
2:27 y las regirá con vara de hierro,
y serán quebradas como vaso de alfarero;
como yo también la he recibido de mi Padre;
2:28 y le daré la estrella de la mañana.
2:29 El que tiene oído, oiga lo que el
Espíritu dice a las iglesias.
Capítulo 3
El mensaje a Sardis
3:1 Escribe al ángel de la iglesia en Sardis:
El que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas,
dice esto: Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás
muerto.
3:2 Sé vigilante, y afirma las otras cosas
que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante
de Dios.
3:3 Acuérdate, pues, de lo que has recibido
y oído; y guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas,
vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué
hora vendré sobre ti. 
3:4 Pero tienes unas pocas personas en Sardis
que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras
blancas, porque son dignas.
3:5 El que venciere será vestido de vestiduras
blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, 
y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles.
3:6 El que tiene oído, oiga lo que el
Espíritu dice a las iglesias.
El mensaje a Filadelfia
3:7 Escribe al ángel de la iglesia en Filadelfia:
Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que
abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre:
3:8 Yo conozco tus obras; he aquí, he
puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque
aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi
nombre.
3:9 He aquí, yo entrego de la sinagoga
de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino
que mienten; he aquí, yo haré que vengan y se postren a tus
pies,
y reconozcan que yo te he amado.
3:10 Por cuanto has guardado la palabra de mi
paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba
que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre
la tierra.
3:11 He aquí, yo vengo pronto; retén
lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.
3:12 Al que venciere, yo lo haré columna
en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí;
y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de
la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del
cielo,
de mi Dios, y mi nombre nuevo.
3:13 El que tiene oído, oiga lo que el
Espíritu dice a las iglesias.
El mensaje a Laodicea
3:14 Y escribe al ángel de la iglesia en
Laodicea: He aquí el Amén, el testigo fiel y verdadero, el
principio de la creación de Dios,
dice esto:
3:15 Yo conozco tus obras, que ni eres frío
ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente!
3:16 Pero por cuanto eres tibio, y no frío
ni caliente, te vomitaré de mi boca.
3:17 Porque tú dices: Yo soy rico, y me
he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú
eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.
3:18 Por tanto, yo te aconsejo que de mí
compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas
para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y
unge tus ojos con colirio, para que veas.
3:19 Yo reprendo y castigo a todos los que amo;
sé, pues, celoso, y arrepiéntete.
3:20 He aquí, yo estoy a la puerta y llamo;
si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré
con él, y él conmigo.
3:21 Al que venciere, le daré que se siente
conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con
mi Padre en su trono.
3:22 El que tiene oído, oiga lo que el
Espíritu dice a las iglesias.
Capítulo 4
La adoración celestial
4:1 Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta
en el cielo; y la primera voz que oí, como de trompeta, hablando
conmigo, dijo: Sube acá, y yo te mostraré las cosas que sucederán
después de estas.
4:2 Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí,
un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado.
4:3 Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra de jaspe
y de cornalina; y había alrededor del trono un arco iris, semejante
en aspecto a la esmeralda.
4:4 Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados
en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas, con coronas
de oro en sus cabezas.
4:5 Y del trono salían relámpagos y truenos  
y voces; y delante del trono ardían siete lámparas de fuego,
las cuales son los siete espíritus de Dios.
4:6 Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante
al cristal;
y junto al trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos
de ojos delante y detrás.
4:7 El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo
era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre;
y el cuarto era semejante a un águila volando.
4:8 Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas,
y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos;
y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor
Dios Todopoderoso,
el que era, el que es, y el que ha de venir.
4:9 Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y acción
de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los
siglos de los siglos,
4:10 los veinticuatro ancianos se postran delante del que está
sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos,
y echan sus coronas delante del trono, diciendo:
4:11 Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el
poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen
y fueron creadas.
Capítulo 5
El rollo y el Cordero
5:1 Y vi en la mano derecha del que estaba sentado en el trono un libro
escrito por dentro y por fuera,
sellado con siete sellos.
5:2 Y vi a un ángel fuerte que pregonaba a gran voz: ¿Quién
es digno de abrir el libro y desatar sus sellos?
5:3 Y ninguno, ni en el cielo ni en la tierra ni debajo de la tierra,
podía abrir el libro, ni aun mirarlo.
5:4 Y lloraba yo mucho, porque no se había hallado a ninguno
digno de abrir el libro, ni de leerlo, ni de mirarlo.
5:5 Y uno de los ancianos me dijo: No llores. He aquí que el
León de la tribu de Judá,
la raíz de David,
ha vencido para abrir el libro y desatar sus siete sellos.
5:6 Y miré, y vi que en medio del trono y de los cuatro seres
vivientes, y en medio de los ancianos, estaba en pie un Cordero como inmolado,
que tenía siete cuernos, y siete ojos,
los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la
tierra.
5:7 Y vino, y tomó el libro de la mano derecha del que estaba
sentado en el trono.
5:8 Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los
veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían
arpas, y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los
santos;
5:9 y cantaban un nuevo cántico, diciendo: Digno eres de tomar
el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con
tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo
y nación;
5:10 y nos has hecho para nuestro Dios reyes y sacerdotes,
y reinaremos sobre la tierra.
5:11 Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor
del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número
era millones de millones,
5:12 que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno
de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la
honra, la gloria y la alabanza.
5:13 Y a todo lo creado que está en el cielo, y sobre la tierra,
y debajo de la tierra, y en el mar, y a todas las cosas que en ellos hay,
oí decir: Al que está sentado en el trono, y al Cordero,
sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder, por los siglos de los
siglos.
5:14 Los cuatro seres vivientes decían: Amén; y los veinticuatro
ancianos se postraron sobre sus rostros y adoraron al que vive por los
siglos de los siglos.
Capítulo 6
Los sellos
6:1 Vi cuando el Cordero abrió uno de los sellos, y oí a
uno de los cuatro seres vivientes decir como con voz de trueno: Ven y mira.
6:2 Y miré, y he aquí un caballo blanco;
y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió
venciendo, y para vencer.
6:3 Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser
viviente, que decía: Ven y mira.
6:4 Y salió otro caballo, bermejo; y
al que lo montaba le fue dado poder de quitar de la tierra la paz, y que
se matasen unos a otros; y se le dio una gran espada.
6:5 Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente,
que decía: Ven y mira. Y miré, y he aquí un caballo
negro;
y el que lo montaba tenía una balanza en la mano.
6:6 Y oí una voz de en medio de los cuatro seres vivientes,
que decía: Dos libras de trigo por un denario,
y seis libras de cebada por un denario; pero no dañes el aceite
ni el vino.
6:7 Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto
ser viviente, que decía: Ven y mira.
6:8 Miré, y he aquí un caballo amarillo, y el que lo
montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía; y
le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con
espada, con hambre, con mortandad, y con las fieras de la tierra. 
6:9 Cuando abrió el quinto sello, vi bajo el altar las almas
de los que habían sido muertos por causa de la palabra de Dios y
por el testimonio que tenían.
6:10 Y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo,
Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los
que moran en la tierra?
6:11 Y se les dieron vestiduras blancas, y se les dijo que descansasen
todavía un poco de tiempo, hasta que se completara el número
de sus consiervos y sus hermanos, que también habían de ser
muertos como ellos.
6:12 Miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí
hubo un gran terremoto;
y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió
toda como sangre;
6:13 y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra,    
como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento.
6:14 Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla;
y todo monte y toda isla se removió de su lugar.
6:15 Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes,
los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas
y entre las peñas de los montes;
6:16 y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre
nosotros, y escondednos
del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira
del Cordero;
6:17 porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién
podrá sostenerse en pie?
Capítulo 7
Los 144,000 sellados
7:1 Después de esto vi a cuatro ángeles en pie sobre los
cuatro ángulos de la tierra, que detenían los cuatro vientos
de la tierra, para que no soplase viento alguno sobre la tierra, ni sobre
el mar, ni sobre ningún árbol.
7:2 Vi también a otro ángel que subía de donde
sale el sol, y tenía el sello del Dios vivo; y clamó a gran
voz a los cuatro ángeles, a quienes se les había dado el
poder de hacer daño a la tierra y al mar,
7:3 diciendo: No hagáis daño a la tierra, ni al mar,
ni a los árboles, hasta que hayamos sellado en sus frentes a los
siervos de nuestro Dios.
7:4 Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta y
cuatro mil sellados de todas las tribus de los hijos de Israel.
7:5 De la tribu de Judá, doce mil sellados. De la tribu de Rubén,
doce mil sellados. De la tribu de Gad, doce mil sellados.
7:6 De la tribu de Aser, doce mil sellados. De la tribu de Neftalí,
doce mil sellados. De la tribu de Manasés, doce mil sellados.
7:7 De la tribu de Simeón, doce mil sellados. De la tribu de
Leví, doce mil sellados. De la tribu de Isacar, doce mil sellados.
7:8 De la tribu de Zabulón, doce mil sellados. De la tribu de
José, doce mil sellados. De la tribu de Benjamín, doce mil
sellados.
La multitud vestida de ropas blancas
7:9 Después de esto miré, y he aquí una gran multitud,
la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos
y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero,
vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos;
7:10 y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece
a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero.
7:11 Y todos los ángeles estaban en pie alrededor del trono,
y de los ancianos y de los cuatro seres vivientes; y se postraron sobre
sus rostros delante del trono, y adoraron a Dios,
7:12 diciendo: Amén. La bendición y la gloria y la sabiduría
y la acción de gracias y la honra y el poder y la fortaleza, sean
a nuestro Dios por los siglos de los siglos. Amén.
7:13 Entonces uno de los ancianos habló, diciéndome:
Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes
son, y de dónde han venido?
7:14 Yo le dije: Señor, tú lo sabes. Y él me dijo:
Estos son los que han salido de la gran tribulación, 
y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero.
7:15 Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día
y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá
su tabernáculo sobre ellos.
7:16 Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más
sobre ellos, ni calor alguno;
7:17 porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará,
y los guiará a fuentes de aguas de vida;
y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos.
Capítulo 8
El séptimo sello
8:1 Cuando abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el
cielo como por media hora.
8:2 Y vi a los siete ángeles que estaban en pie ante Dios; y
se les dieron siete trompetas.
8:3 Otro ángel vino entonces y se paró ante el altar,
con un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo
a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante
del trono.
8:4 Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios
el humo del incienso con las oraciones de los santos.
8:5 Y el ángel tomó el incensario, y lo llenó
del fuego del altar,
y lo arrojó a la tierra;
y hubo truenos, y voces, y relámpagos, y un terremoto.
Las trompetas
8:6 Y los siete ángeles que tenían las siete trompetas
se dispusieron a tocarlas.
8:7 El primer ángel tocó la trompeta, y hubo granizo
y fuego
mezclados con sangre, que fueron lanzados sobre la tierra; y la tercera
parte de los árboles se quemó, y se quemó toda la
hierba verde.
8:8 El segundo ángel tocó la trompeta, y como una gran
montaña ardiendo en fuego fue precipitada en el mar; y la tercera
parte del mar se convirtió en sangre.
8:9 Y murió la tercera parte de los seres vivientes que estaban
en el mar, y la tercera parte de las naves fue destruida.
8:10 El tercer ángel tocó la trompeta, y cayó
del cielo una gran estrella,
ardiendo como una antorcha, y cayó sobre la tercera parte de los
ríos, y sobre las fuentes de las aguas.
8:11 Y el nombre de la estrella es Ajenjo. Y la tercera parte de las
aguas se convirtió en ajenjo; y muchos hombres murieron a causa
de esas aguas, porque se hicieron amargas.
8:12 El cuarto ángel tocó la trompeta, y fue herida la
tercera parte del sol, y la tercera parte de la luna, y la tercera parte
de las estrellas, para que se oscureciese la tercera parte de ellos, 
y no hubiese luz en la tercera parte del día, y asimismo de la noche.
8:13 Y miré, y oí a un ángel volar por en medio
del cielo, diciendo a gran voz: ¡Ay, ay, ay, de los que moran en
la tierra, a causa de los otros toques de trompeta que están para
sonar los tres ángeles!
Capítulo 9
9:1 El quinto ángel tocó la trompeta, y vi una estrella que
cayó del cielo a la tierra; y se le dio la llave del pozo del abismo.
9:2 Y abrió el pozo del abismo, y subió humo del pozo
como humo de un gran horno; y se oscureció el sol y el aire por
el humo del pozo.
9:3 Y del humo salieron langostas sobre la tierra;
y se les dio poder, como tienen poder los escorpiones de la tierra.
9:4 Y se les mandó que no dañasen a la hierba de la tierra,
ni a cosa verde alguna, ni a ningún árbol, sino solamente
a los hombres que no tuviesen el sello de Dios en sus frentes.
9:5 Y les fue dado, no que los matasen, sino que los atormentasen cinco
meses; y su tormento era como tormento de escorpión cuando hiere
al hombre.
9:6 Y en aquellos días los hombres buscarán la muerte,
pero no la hallarán; y ansiarán morir, pero la muerte huirá
de ellos.
9:7 El aspecto de las langostas era semejante a caballos preparados
para la guerra;
en las cabezas tenían como coronas de oro; sus caras eran como caras
humanas;
9:8 tenían cabello como cabello de mujer; sus dientes eran como
de leones;
9:9 tenían corazas como corazas de hierro; el ruido de sus alas
era como el estruendo de muchos carros
de caballos corriendo a la batalla;
9:10 tenían colas como de escorpiones, y también aguijones;
y en sus colas tenían poder para dañar a los hombres durante
cinco meses.
9:11 Y tienen por rey sobre ellos al ángel del abismo, cuyo
nombre en hebreo es Abadón, y en griego, Apolión.
9:12 El primer ay pasó; he aquí, vienen aún dos
ayes después de esto.
9:13 El sexto ángel tocó la trompeta, y oí una
voz de entre los cuatro cuernos del altar de oro
que estaba delante de Dios,
9:14 diciendo al sexto ángel que tenía la trompeta: Desata
a los cuatro ángeles que están atados junto al gran río
Eufrates.
9:15 Y fueron desatados los cuatro ángeles que estaban preparados
para la hora, día, mes y año, a fin de matar a la tercera
parte de los hombres.
9:16 Y el número de los ejércitos de los jinetes era
doscientos millones. Yo oí su número.
9:17 Así vi en visión los caballos y a sus jinetes, los
cuales tenían corazas de fuego, de zafiro y de azufre. Y las cabezas
de los caballos eran como cabezas de leones; y de su boca salían
fuego, humo y azufre.
9:18 Por estas tres plagas fue muerta la tercera parte de los hombres;
por el fuego, el humo y el azufre que salían de su boca.
9:19 Pues el poder de los caballos estaba en su boca y en sus colas;
porque sus colas, semejantes a serpientes, tenían cabezas, y con
ellas dañaban.
9:20 Y los otros hombres que no fueron muertos con estas plagas, ni
aun así se arrepintieron de las obras de sus manos, ni dejaron de
adorar a los demonios, y a las imágenes de oro, de plata, de bronce,
de piedra y de madera, las cuales no pueden ver, ni oír, ni andar; 
9:21 y no se arrepintieron de sus homicidios, ni de sus hechicerías,
ni de su fornicación, ni de sus hurtos.
Capítulo 10
El ángel con el librito
10:1 Vi descender del cielo a otro ángel fuerte, envuelto en una
nube, con el arco iris sobre su cabeza; y su rostro era como el sol, y
sus pies como columnas de fuego.
10:2 Tenía en su mano un librito abierto; y puso su pie derecho
sobre el mar, y el izquierdo sobre la tierra;
10:3 y clamó a gran voz, como ruge un león; y cuando
hubo clamado, siete truenos emitieron sus voces.
10:4 Cuando los siete truenos hubieron emitido sus voces, yo iba a
escribir; pero oí una voz del cielo que me decía: Sella las
cosas que los siete truenos han dicho, y no las escribas.
10:5 Y el ángel que vi en pie sobre el mar y sobre la tierra,
levantó su mano al cielo,
10:6 y juró por el que vive por los siglos de los siglos, que
creó el cielo y las cosas que están en él, y la tierra
y las cosas que están en ella, y el mar y las cosas que están
en él, que el tiempo no sería más,
10:7 sino que en los días de la voz del séptimo ángel,
cuando él comience a tocar la trompeta, el misterio de Dios se consumará,
como él lo anunció a sus siervos los profetas.
10:8 La voz que oí del cielo habló otra vez conmigo,
y dijo: Ve y toma el librito que está abierto en la mano del ángel
que está en pie sobre el mar y sobre la tierra.
10:9 Y fui al ángel, diciéndole que me diese el librito.
Y él me dijo: Toma, y cómelo; y te amargará el vientre,
pero en tu boca será dulce como la miel.
10:10 Entonces tomé el librito de la mano del ángel,
y lo comí; y era dulce en mi boca como la miel, pero cuando lo hube
comido, amargó mi vientre.
10:11 Y él me dijo: Es necesario que profetices otra vez sobre
muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes.
Capítulo 11
Los dos testigos
11:1 Entonces me fue dada una caña semejante a una vara de medir,
y se me dijo: Levántate, y mide el templo de Dios,
y el altar, y a los que adoran en él.
11:2 Pero el patio que está fuera del templo déjalo aparte,
y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles; y ellos hollarán
la ciudad santa
cuarenta
y dos meses.
11:3 Y daré a mis dos testigos que profeticen por mil doscientos
sesenta días, vestidos de cilicio.
11:4 Estos testigos son los dos olivos, y los dos candeleros que están
en pie delante del Dios de la tierra.
11:5 Si alguno quiere dañarlos, sale fuego de la boca de ellos,
y devora a sus enemigos; y si alguno quiere hacerles daño, debe
morir él de la misma manera.
11:6 Estos tienen poder para cerrar el cielo, a fin de que no llueva
en los días de su profecía;
y tienen poder sobre las aguas para convertirlas en sangre,
y para herir la tierra con toda plaga, cuantas veces quieran.
11:7 Cuando hayan acabado su testimonio, la bestia que sube del abismo 
hará guerra contra ellos, y los vencerá
y los matará.
11:8 Y sus cadáveres estarán en la plaza de la grande
ciudad que en sentido espiritual se llama Sodoma
y Egipto, donde también nuestro Señor fue crucificado.
11:9 Y los de los pueblos, tribus, lenguas y naciones verán
sus cadáveres por tres días y medio, y no permitirán
que sean sepultados.
11:10 Y los moradores de la tierra se regocijarán sobre ellos
y se alegrarán, y se enviarán regalos unos a otros; porque
estos dos profetas habían atormentado a los moradores de la tierra.
11:11 Pero después de tres días y medio entró
en ellos el espíritu de vida enviado por Dios, y se levantaron sobre
sus pies,
y cayó gran temor sobre los que los vieron.
11:12 Y oyeron una gran voz del cielo, que les decía: Subid
acá. Y subieron al cielo en una nube;
y sus enemigos los vieron.
11:13 En aquella hora hubo un gran terremoto,
y la décima parte de la ciudad se derrumbó, y por el terremoto
murieron en número de siete mil hombres; y los demás se aterrorizaron,
y dieron gloria al Dios del cielo.
11:14 El segundo ay pasó; he aquí, el tercer ay viene
pronto.
La séptima trompeta
11:15 El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo
grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han
venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará
por los siglos de los siglos.
11:16 Y los veinticuatro ancianos que estaban sentados delante de Dios
en sus tronos, se postraron sobre sus rostros, y adoraron a Dios,
11:17 diciendo: Te damos gracias, Señor Dios Todopoderoso, el
que eres y que eras y que has de venir, porque has tomado tu gran poder,
y has reinado.
11:18 Y se airaron las naciones, y tu ira ha venido, y el tiempo de
juzgar a los muertos, y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
a los santos, y a los que temen tu nombre, a los pequeños y a los
grandes,
y de destruir a los que destruyen la tierra.
11:19 Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su
pacto se veía en el templo. Y hubo relámpagos, voces, truenos,
un terremoto
y grande granizo.
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