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Capítulo 8
Jesús sana a un leproso
(Mr. 1. 40-45;
Lc.
5. 12-16)
8:1 Cuando descendió Jesús del monte, le seguía
mucha gente.
8:2 Y he aquí vino un leproso y se postró ante él,
diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.
8:3 Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo:
Quiero;
sé limpio. Y al instante su
lepra desapareció.
8:4 Entonces Jesús le dijo: Mira, no lo
digas a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote, y presenta la ofrenda
que ordenó Moisés,
para testimonio a ellos.
Jesús sana al siervo de un centurión
(Lc. 7. 1-10)
8:5 Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión,
rogándole,
8:6 y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa,
paralítico, gravemente atormentado.
8:7 Y Jesús le dijo: Yo iré y le
sanaré.
8:8 Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy
digno de que entres bajo mi techo; solamente dí la palabra, y mi
criado sanará.
8:9 Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo
mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro:
Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.
8:10 Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los
que le seguían: De cierto os digo, que ni
aun en Israel he hallado tanta fe.
8:11 Y os digo que vendrán muchos del
oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob
en el reino de los cielos;
8:12 mas los hijos del reino serán echados
a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir
de dientes. 
8:13 Entonces Jesús dijo al centurión: Ve,
y como creíste, te sea hecho.
Y su criado fue sanado en aquella misma hora.
Jesús sana a la suegra de Pedro
(Mr. 1. 29-34;
Lc.
4. 38-41)
8:14 Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste
postrada en cama, con fiebre.
8:15 Y tocó su mano, y la fiebre la dejó; y ella se levantó,
y les servía.
8:16 Y cuando llegó la noche, trajeron a él muchos endemoniados;
y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos
los enfermos;
8:17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando
dijo: El mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras
dolencias.
Los que querían seguir a Jesús
(Lc. 9. 57-62)
8:18 Viéndose Jesús rodeado de mucha gente, mandó
pasar al otro lado.
8:19 Y vino un escriba y le dijo: Maestro, te seguiré adondequiera
que vayas.
8:20 Jesús le dijo: Las zorras tienen
guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde
recostar su cabeza.
8:21 Otro de sus discípulos le dijo: Señor, permíteme
que vaya primero y entierre a mi padre.
8:22 Jesús le dijo: Sígueme; deja
que los muertos entierren a sus muertos.
Jesús calma la tempestad
(Mr. 4. 35-41;
Lc.
8. 22-25)
8:23 Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron.
8:24 Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad
tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía.
8:25 Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor,
sálvanos, que perecemos!
8:26 El les dijo: ¿Por qué teméis,
hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió
a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.
8:27 Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre
es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen?
Los endemoniados gadarenos
(Mr. 5. 1-20;
Lc.
8. 26-39)
8:28 Cuando llegó a la otra orilla, a la tierra de los gadarenos,
vinieron a su encuentro dos endemoniados que salían de los sepulcros,
feroces en gran manera, tanto que nadie podía pasar por aquel camino.
8:29 Y clamaron diciendo: ¿Qué tienes con nosotros, Jesús,
Hijo de Dios? ¿Has venido acá para atormentarnos antes de
tiempo?
8:30 Estaba paciendo lejos de ellos un hato de muchos cerdos.
8:31 Y los demonios le rogaron diciendo: Si nos echas fuera, permítenos
ir a aquel hato de cerdos.
8:32 El les dijo: Id.
Y ellos salieron, y se fueron a aquel hato de cerdos; y he aquí,
todo el hato de cerdos se precipitó en el mar por un despeñadero,
y perecieron en las aguas.
8:33 Y los que los apacentaban huyeron, y viniendo a la ciudad, contaron
todas las cosas, y lo que había pasado con los endemoniados.
8:34 Y toda la ciudad salió al encuentro de Jesús; y
cuando le vieron, le rogaron que se fuera de sus contornos.
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Capítulo 9
Jesús sana a un paralítico
(Mr. 2. 1-12;
Lc.
5. 17-26)
9:1 Entonces, entrando Jesús en la barca, pasó al otro lado
y vino a su ciudad.
9:2 Y sucedió que le trajeron un paralítico, tendido
sobre una cama; y al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico:
Ten
ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados.
9:3 Entonces algunos de los escribas decían dentro de sí:
Este blasfema.
9:4 Y conociendo Jesús los pensamientos de ellos, dijo: ¿Por
qué pensáis mal en vuestros corazones?
9:5 Porque, ¿qué es más
fácil, decir: Los pecados te son perdonados, o decir: Levántate
y anda?
9:6 Pues para que sepáis que el Hijo del
Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dice entonces
al paralítico): Levántate, toma tu
cama, y vete a tu casa.
9:7 Entonces él se levantó y se fue a su casa.
9:8 Y la gente, al verlo, se maravilló y glorificó a
Dios, que había dado tal potestad a los hombres.
Llamamiento de Mateo
(
Mr. 2. 13-17;
Lc.
5. 27-32)
9:9 Pasando Jesús de allí, vio a un hombre llamado Mateo,
que estaba sentado al banco de los tributos públicos, y le dijo:
Sígueme.
Y se levantó y le siguió.
9:10 Y aconteció que estando él sentado a la mesa en
la casa, he aquí que muchos publicanos y pecadores, que habían
venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos.
9:11 Cuando vieron esto los fariseos, dijeron a los discípulos:
¿Porqué come vuestro Maestro con los publicanos y pecadores?
9:12 Al oír esto Jesús, les dijo: Los
sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.
9:13 Id, pues, y aprended lo que significa:
Misericordia quiero, y no sacrificio.
Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento.
La pregunta sobre el ayuno
(Mr. 2. 18-22;
Lc.
5. 33-39)
9:14 Entonces vinieron a él los discípulos de Juan, diciendo:
¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos muchas veces, y
tus discípulos no ayunan?
9:15 Jesús les dijo: ¿Acaso pueden
los que están de bodas tener luto entre tanto que el esposo está
con ellos? Pero vendrán días cuando el esposo les será
quitado, y entonces ayunarán.
9:16 Nadie pone remiendo de paño nuevo
en vestido viejo; porque tal remiendo tira del vestido, y se hace peor
la rotura.
9:17 Ni echan vino nuevo en odres viejos; de
otra manera los odres se rompen, y el vino se derrama, y los odres se pierden;
pero echan el vino nuevo en odres nuevos, y lo uno y lo otro se conservan
juntamente.
La hija de Jairo, y la mujer que tocó el manto de Jesús
(Mr. 5. 21-43;
Lc.
8. 40-56)
9:18 Mientras él les decía estas cosas, vino un hombre
principal y se postró ante él, diciendo: Mi hija acaba de
morir; mas ven y pon tu mano sobre ella, y vivirá.
9:19 Y se levantó Jesús, y le siguió con sus discípulos.
9:20 Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía
doce años, se le acercó por detrás y tocó el
borde de su manto;
9:21 porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su
manto, seré salva.
9:22 Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo:
Ten
ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y
la mujer fue salva desde aquella hora.
9:23 Al entrar Jesús en la casa del principal, viendo a los
que tocaban flautas, y la gente que hacía alboroto,
9:24 les dijo: Apartaos, porque la niña
no está muerta, sino duerme. Y se burlaban de él.
9:25 Pero cuando la gente había sido echada fuera, entró,
y tomó de la mano a la niña, y ella se levantó.
9:26 Y se difundió la fama de esto por toda aquella tierra.
Dos ciegos reciben la vista
9:27 Pasando Jesús de allí, le siguieron dos ciegos, dando
voces y diciendo: ¡Ten misericordia de nosotros, Hijo de David!
9:28 Y llegado a la casa, vinieron a él los ciegos; y Jesús
les dijo: ¿Creéis que puedo hacer esto?
Ellos dijeron: Sí, Señor.
9:29 Entonces les tocó los ojos, diciendo: Conforme
a vuestra fe os sea hecho.
9:30 Y los ojos de ellos fueron abiertos. Y Jesús les encargó
rigurosamente, diciendo: Mirad que nadie lo sepa.
9:31 Pero salidos ellos, divulgaron la fama de él por toda aquella
tierra.
Un mudo habla
9:32 Mientras salían ellos, he aquí, le trajeron un mudo,
endemoniado.
9:33 Y echado fuera el demonio, el mudo habló; y la gente se
maravillaba, y decía: Nunca se ha visto cosa semejante en Israel.
9:34 Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los
demonios echa fuera los demonios.  
La mies es mucha
9:35 Recorría Jesús todas las ciudades y aldeas, enseñando
en las sinagogas de ellos, y predicando el evangelio del reino, y sanando
toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo. 
9:36 Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque
estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.  
9:37 Entonces dijo a sus discípulos: A
la verdad la mies es mucha, mas los obreros pocos.
9:38 Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies.
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Capítulo 10
Elección de los doce apóstoles
(Mr. 3. 13-19;
Lc.
6. 12-16)
10:1 Entonces llamando a sus doce discípulos, les dio autoridad
sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, y para
sanar toda enfermedad y toda dolencia.
10:2 Los nombres de los doce apóstoles son estos: primero Simón,
llamado Pedro, y Andrés su hermano; Jacobo hijo de Zebedeo, y Juan
su hermano;
10:3 Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo el publicano, Jacobo
hijo de Alfeo, Lebeo, por sobrenombre Tadeo,
10:4 Simón el cananista, y Judas Iscariote, el que también
le entregó.
Misión de los doce
(Mr. 6. 7-13;
Lc.
9. 1-6)
10:5 A estos doce envió Jesús, y les dio instrucciones,
diciendo: Por camino de gentiles no vayáis,
y en ciudad de samaritanos no entréis,
10:6 sino id antes a las ovejas perdidas de la
casa de Israel.
10:7 Y yendo, predicad, diciendo: El reino de
los cielos se ha acercado.
10:8 Sanad enfermos, limpiad leprosos, resucitad
muertos, echad fuera demonios; de gracia recibisteis, dad de gracia.
10:9 No os proveáis de oro, ni plata,
ni cobre en vuestros cintos;
10:10 ni de alforja para el camino, ni de dos
túnicas, ni de calzado, ni de bordón; porque el obrero es
digno de su alimento.
10:11 Mas en cualquier ciudad o aldea donde entréis,
informaos quién en ella sea digno, y posad allí hasta que
salgáis.
10:12 Y al entrar en la casa, saludadla.
10:13 Y si la casa fuere digna, vuestra paz vendrá
sobre ella; mas si no fuere digna, vuestra paz se volverá a vosotros.
10:14 Y si alguno no os recibiere, ni oyere vuestras
palabras, salid de aquella casa o ciudad, y sacudid el polvo de vuestros
pies.
10:15 De cierto os digo que en el día
del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra
de Sodoma y de Gomorra,
que para aquella ciudad.
Persecuciones venideras
10:16 He aquí, yo os envío como
a ovejas en medio de lobos;
sed, pues, prudentes como serpientes, y sencillos como palomas.
10:17 Y guardaos de los hombres, porque os entregarán
a los concilios, y en sus sinagogas os azotarán;
10:18 y aun ante gobernadores y reyes seréis
llevados por causa de mí, para testimonio a ellos y a los gentiles.
10:19 Mas cuando os entreguen, no os preocupéis
por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os
será dado lo que habéis de hablar.
10:20 Porque no sois vosotros los que habláis,
sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros.
10:21 El hermano entregará a la muerte
al hermano, y el padre al hijo; y los hijos se levantarán contra
los padres, y los harán morir. 
10:22 Y seréis aborrecidos de todos por
causa de mi nombre; 
mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.
10:23 Cuando os persigan en esta ciudad, huid
a la otra; porque de cierto os digo, que no acabaréis de recorrer
todas las ciudades de Israel, antes que venga el Hijo de Hombre.
10:24 El discípulo no es más que
su maestro,
ni el siervo más que su señor.
10:25 Bástale al discípulo ser
como su maestro, y al siervo como su señor. Si al padre de familia
llamaron Beelzeb,  
¿cuánto más a los de su casa?
A quién se debe temer
(Lc. 12. 2-9)
10:26 Así que, no los temáis; porque
nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto, que no
haya de saberse.
10:27 Lo que os digo en tinieblas, decidlo en
la luz; y lo que oís al oído, proclamadlo desde las azoteas.
10:28 Y no temáis a los que matan el cuerpo,
mas el alma no pueden matar; temed más bien a aquel que puede destruir
el alma y el cuerpo en el infierno.
10:29 ¿No se venden dos pajarillos por
un cuarto?
Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre.
10:30 Pues aun vuestros cabellos están
todos contados.
10:31 Así que, no temáis; más
valéis vosotros que muchos pajarillos.
10:32 A cualquiera, pues, que me confiese delante
de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre
que está en los cielos.
10:33 Y a cualquiera que me niegue delante de
los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que
está en los cielos.
Jesús, causa de división
(Lc. 12. 49-53;
14.
26-27)
10:34 No penséis que he venido para traer
paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada.
10:35 Porque he venido para poner en disensión
al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra
su suegra;
10:36 y los enemigos del hombre serán
los de su casa.
10:37 El que ama a padre o madre más que
a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más
que a mí, no es digno de mí;
10:38 y el que no toma su cruz y sigue en pos
de mí, no es digno de mí. 
10:39 El que halla su vida, la perderá;
y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará.   
Recompensas
(Mr. 9. 41)
10:40 El que a vosotros recibe,
a mí me recibe; y el que me recibe a mí, recibe al que me
envió.
10:41 El que recibe a un profeta por cuanto es
profeta, recompensa de profeta recibirá; y el que recibe a un justo
por cuanto es justo, recompensa de justo recibirá.
10:42 Y cualquiera que dé a uno de estos
pequeñitos un vaso de agua fría solamente, por cuanto es
discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa.
é
Capítulo 11
Los mensajeros de Juan el Bautista
(Lc. 7. 18-35)
11:1 Cuando Jesús terminó de dar instrucciones a sus doce
discípulos, se fue de allí a enseñar y a predicar
en las ciudades de ellos.
11:2 Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo,
le envió dos de sus discípulos,
11:3 para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había
de venir, o esperaremos a otro?
11:4 Respondiendo Jesús, les dijo: Id,
y haced saber a Juan las cosas que oís y veis.
11:5 Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos
son limpiados, los sordos oyen,
los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio;
11:6 y bienaventurado es el que no halle tropiezo
en mí.
11:7 Mientras ellos se iban, comenzó Jesús a decir de
Juan a la gente: ¿Qué salisteis a ver
al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?
11:8 ¿O qué salisteis a ver? ¿A
un hombre cubierto de vestiduras delicadas? He aquí, los que llevan
vestiduras delicadas, en las casas de los reyes están.
11:9 Pero ¿qué salisteis a ver?
¿A un profeta? Sí, os digo, y más que profeta.
11:10 Porque éste es de quien está
escrito:
He aquí, yo envío mi mensajero
delante de tu faz,
El cual preparará tu camino delante
de ti.
11:11 De cierto os digo: Entre los que nacen
de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista; pero el más
pequeño en el reino de los cielos, mayor es que él.
11:12 Desde los días de Juan el Bautista
hasta ahora, el reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo
arrebatan.
11:13 Porque todos los profetas y la ley profetizaron
hasta Juan.
11:14 Y si queréis recibirlo, él
es aquel Elías que había de venir. 
11:15 El que tiene oídos para oír,
oiga.
11:16 Mas ¿a qué compararé
esta generación? Es semejante a los muchachos que se sientan en
las plazas, y dan voces a sus compañeros,
11:17 diciendo: Os tocamos flauta, y no bailasteis;
os endechamos, y no lamentasteis.
11:18 Porque vino Juan, que ni comía ni
bebía, y dicen: Demonio tiene.
11:19 Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe,
y dicen: He aquí un hombre comilón, y bebedor de vino, amigo
de publicanos y de pecadores. Pero la sabiduría es justificada por
sus hijos.
Ayes sobre las ciudades impenitentes
(Lc. 10. 13-16)
11:20 Entonces comenzó a reconvenir a las ciudades en las cuales
había hecho muchos de sus milagros, porque no se habían arrepentido,
diciendo:
11:21 Ay de ti, Corazín! Ay de ti, Betsaida!
Porque si en Tiro y en Sidón
    se
hubieran hecho los milagros que han sido hechos en vosotras, tiempo ha
que se hubieran arrepentido en cilicio y en ceniza.
11:22 Por tanto os digo que en el día
del juicio, será más tolerable el castigo para Tiro y para
Sidón, que para vosotras.
11:23 Y tú, Capernaum, que eres levantada
hasta el cielo, hasta el Hades serás abatida;
porque si en Sodoma
se hubieran hecho los milagros que han sido hechos en ti, habría
permanecido hasta el día de hoy.
11:24 Por tanto os digo que en el día
del juicio, será más tolerable el castigo para la tierra
de Sodoma,
que para ti.
Venid a mí y descansad
(Lc. 10. 21-22)
11:25 En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te
alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste
estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños.
11:26 Sí, Padre, porque así te
agradó.
11:27 Todas las cosas me fueron entregadas por
mi Padre;
y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino
el Hijo,
y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.
11:28 Venid a mí todos los que estáis
trabajados y cargados, y yo os haré descansar.
11:29 Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended
de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis
descanso para vuestras almas;
11:30 porque mi yugo es fácil, y ligera
mi carga.
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Capítulo 12
Los discípulos recogen espigas en el día
de reposo
(Mr. 2. 23-28;
Lc.
6. 1-5)
12:1 En aquel tiempo iba Jesús por los sembrados en un día
de reposo; y sus discípulos tuvieron hambre, y comenzaron a arrancar
espigas
y a comer.
12:2 Viéndolo los fariseos, le dijeron: He aquí tus discípulos
hacen lo que no es lícito hacer en el día de reposo.
12:3 Pero él les dijo: ¿No habéis
leído lo que hizo David, cuando él y los que con él
estaban tuvieron hambre;
12:4 cómo entró en la casa de Dios,
y comió los panes de la proposición,
que no les era lícito comer ni a él ni a los que con él
estaban, sino solamente a los sacerdotes?
12:5 ¿O no habéis leído
en la ley, cómo en el día de reposo los sacerdotes en el
templo profanan el día de reposo, y son sin culpa?
12:6 Pues os digo que uno mayor que el templo
está aquí.
12:7 Y si supieseis qué significa:
Misericordia quiero, y no sacrificio,
no condenaríais a los inocentes;
12:8 porque el Hijo del Hombre es Señor
del día de reposo.
El hombre de la mano seca
(Mr. 3. 1-6;
Lc.
6. 6-11)
12:9 Pasando de allí, vino a la sinagoga de ellos.
12:10 Y he aquí había allí uno que tenía
seca una mano; y preguntaron a Jesús, para poder acusarle:
¿Es lícito sanar en el día de reposo?
12:11 El les dijo: ¿Qué hombre
habrá de vosotros, que tenga una oveja, y si ésta cayere
en un hoyo en día de reposo, no le eche mano, y la levante?
12:12 Pues ¿cuánto más vale
un hombre que una oveja? Por consiguiente, es lícito hacer el bien
en los días de reposo.
12:13 Entonces dijo a aquel hombre: Extiende
tu mano. Y él la extendió, y le fue restaurada sana
como la otra.
12:14 Y salidos los fariseos, tuvieron consejo contra Jesús
para destruirle.
El siervo escogido
12:15 Sabiendo esto Jesús, se apartó de allí; y
le siguió mucha gente, y sanaba a todos,
12:16 y les encargaba rigurosamente que no le descubriesen;
12:17 para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías,
cuando dijo:
12:18 He aquí mi siervo, a quien he escogido;
Mi Amado, en quien se agrada mi alma;
Pondré mi Espíritu sobre él,
Y a los gentiles anunciará juicio.
12:19 No contenderá, ni voceará,
Ni nadie oirá en las calles su voz.
12:20 La caña cascada no quebrará,
Y el pábilo que humea no apagará,
Hasta que saque a victoria el juicio.
12:21 Y en su nombre esperarán los gentiles.
La blasfemia contra el Espíritu Santo
(Mr. 3. 20-30;
Lc.
11. 14-23)
12:22 Entonces fue traído a él un endemoniado, ciego y
mudo; y le sanó, de tal manera que el ciego y mudo veía y
hablaba.
12:23 Y toda la gente estaba atónita, y decía: ¿Será
éste aquel Hijo de David?
12:24 Mas los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa
fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios.
12:25 Sabiendo Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: Todo
reino dividido contra sí mismo, es asolado, y toda ciudad o casa
dividida contra sí misma, no permanecerá.
12:26 Y si Satanás echa fuera a Satanás,
contra sí mismo está dividido; ¿cómo, pues,
permanecerá su reino?
12:27 Y si yo echo fuera los demonios por Beelzebú,
¿por quién los echan vuestros hijos? Por tanto, ellos serán
vuestros jueces.
12:28 Pero si yo por el Espíritu de Dios
echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de
Dios.
12:29 Porque ¿cómo puede alguno
entrar en la casa del hombre fuerte, y saquear sus bienes, si primero no
le ata? Y entonces podrá saquear su casa.
12:30 El que no es conmigo, contra mí es;
y el que conmigo no recoge, desparrama.
12:31 Por tanto os digo: Todo pecado y blasfemia
será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu
no les será perdonada.
12:32 A cualquiera que dijere alguna palabra
contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable
contra el Espíritu Santo, no le será perdonado, ni en este
siglo ni en el venidero.
12:33 O haced el árbol bueno, y su fruto
bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto
se conoce el árbol.
12:34 ¡Generación de víboras! 
¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque
de la abundancia del corazón habla la boca.
12:35 El hombre bueno, del buen tesoro del corazón
saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas.
12:36 Mas yo os digo que de toda palabra ociosa
que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del
juicio.
12:37 Porque por tus palabras serás justificado,
y por tus palabras serás condenado.
La generación perversa demanda señal
(Lc. 11. 29-32)
12:38 Entonces respondieron algunos de los escribas y de los fariseos,
diciendo: Maestro, deseamos ver de ti señal. 
12:39 El respondió y les dijo:
La generación
mala y adúltera demanda señal;
pero señal no le será dada, sino la señal del profeta
Jonás.
12:40 Porque como estuvo Jonás en el vientre
del gran pez tres días y tres noches,
así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la
tierra tres días y tres noches.
12:41 Los hombres de Nínive se levantarán
en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque
ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás,
y he aquí más que Jonás en este lugar.
12:42 La reina del Sur se levantará en
el juicio con esta generación, y la condenará; porque ella
vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón,
y he aquí más que Salomón en este lugar.
El espíritu inmundo que vuelve
(Lc. 11. 24-26)
12:43 Cuando el espíritu inmundo sale del
hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla.
12:44 Entonces dice: Volveré a mi casa
de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada.
12:45 Entonces va, y toma consigo otros siete
espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y
el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así
también acontecerá a esta mala generación.
La madre y los hermanos de Jesús
(Mr. 3. 31-35;
Lc.
8. 19-21)
12:46 Mientras él aún hablaba a la gente, he aquí
su madre y sus hermanos estaban afuera, y le
querían hablar.
12:47 Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están
afuera, y te quieren hablar.
12:48 Respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién
es mi madre, y quiénes son mis hermanos?
12:49 Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He
aquí mi madre y mis hermanos.
12:50 Porque todo aquel que hace la voluntad
de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre.
.é
Capítulo 13
Parábola del sembrador
(Mr. 4. 1-9;
Lc.
8. 4-8)
13:1 Aquel día salió Jesús de la casa y se sentó
junto al mar.
13:2 Y se le juntó mucha gente; y entrando él en la barca,
se sentó,
y toda la gente estaba en la playa.
13:3 Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo:
He
aquí, el sembrador salió a sembrar.
13:4 Y mientras sembraba, parte de la semilla
cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.
13:5 Parte cayó en pedregales, donde no
había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía
profundidad de tierra;
13:6 pero salido el sol, se quemó; y porque
no tenía raíz, se secó.
13:7 Y parte cayó entre espinos; y los
espinos crecieron, y la ahogaron.
13:8 Pero parte cayó en buena tierra,
y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál
a treinta por uno.
13:9 El que tiene oídos para oír,
oiga.
Propósito de las parábolas
(Mr. 4. 10-12;
Lc.
8. 9-10)
13:10 Entonces, acercándose los discípulos, le dijeron:
¿Por qué les hablas por parábolas?
13:11 El respondiendo, les dijo: Porque a vosotros
os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no
les es dado.
13:12 Porque a cualquiera que tiene, se le dará,
y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será
quitado.  
13:13 Por eso les hablo por parábolas:
porque viendo no ven, y oyendo no oyen, ni entienden.
13:14 De manera que se cumple en ellos la profecía
de Isaías, que dijo:
De oído oiréis, y no entenderéis;
Y viendo veréis, y no percibiréis.
13:15 Porque el corazón de este pueblo
se ha engrosado,
Y con los oídos oyen pesadamente,
Y han cerrado sus ojos;
Para que no vean con los ojos,
Y oigan con los oídos,
Y con el corazón entiendan,
Y se conviertan,
Y yo los sane.
13:16 Pero bienaventurados vuestros ojos, porque
ven; y vuestros oídos, porque oyen.
13:17 Porque de cierto os digo, que muchos profetas
y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que
oís, y no lo oyeron.
Jesús explica la parábola del sembrador
(Mr. 4. 13-20;
Lc.
8. 11-15)
13:18 Oíd, pues, vosotros la parábola
del sembrador:
13:19 Cuando alguno oye la palabra del reino
y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón.
Este es el que fue sembrado junto al camino.
13:20 Y el que fue sembrado en pedregales, éste
es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo;
13:21 pero no tiene raíz en sí,
sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción
o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.
13:22 El que fue sembrado entre espinos, éste
es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño
de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.
13:23 Mas el que fue sembrado en buena tierra,
éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce
a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.
Parábola del trigo y la cizaña
13:24 Les refirió otra parábola, diciendo: El
reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla
en su campo;
13:25 pero mientras dormían los hombres,
vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue.
13:26 Y cuando salió la hierba y dio fruto,
entonces apareció también la cizaña.
13:27 Vinieron entonces los siervos del padre
de familia y le dijeron: Señor, ¿no sembraste buena semilla
en tu campo? ¿De dónde, pues, tiene cizaña?
13:28 El les dijo: Un enemigo ha hecho esto.
Y los siervos le dijeron: ¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos?
13:29 El les dijo: No, no sea que al arrancar
la cizaña, arranquéis también con ella el trigo.
13:30 Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro
hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores:
Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero
recoged el trigo en mi granero.
Parábola de la semilla de mostaza
(Mr. 4. 30-32;
Lc.
13. 18-19)
13:31 Otra parábola les refirió, diciendo: El
reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó
y sembró en su campo;
13:32 el cual a la verdad es la más pequeña
de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas,
y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen
nidos en sus ramas.
Parábola de la levadura
(Lc. 13. 20-21)
13:33 Otra parábola les dijo:
El reino
de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió
en tres medidas de
harina, hasta que todo fue leudado.
El uso que Jesús hace de las parábolas
(Mr. 4. 33-34)
13:34 Todo esto habló Jesús por parábolas a la
gente, y sin parábolas no les hablaba;
13:35 para que se cumpliese lo dicho por el profeta, cuando dijo:
Abriré en parábolas mi boca;
Declararé cosas escondidas desde la fundación del
mundo.
Jesús explica la parábola de la cizaña
13:36 Entonces, despedida la gente, entró Jesús en la
casa; y acercándose a él sus discípulos, le dijeron:
Explícanos la parábola de la cizaña del campo.
13:37 Respondiendo él, les dijo: El que
siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre.
13:38 El campo es el mundo; la buena semilla
son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo.
13:39 El enemigo que la sembró es el diablo;
la siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángeles.
13:40 De manera que como se arranca la cizaña,
y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo.
13:41 Enviará el Hijo del Hombre a sus
ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de
tropiezo, y a los que hacen iniquidad,
13:42 y los echarán en el horno de fuego;
allí será el lloro y el crujir de dientes.
13:43 Entonces los justos resplandecerán
como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír,
oiga.
El tesoro escondido
13:44 Además, el reino de los cielos es
semejante a un tesoro escondido en un campo, el cual un hombre halla, y
lo esconde de nuevo; y gozoso por ello va y vende todo lo que tiene, y
compra aquel campo.
La perla de gran precio
13:45 También el reino de los cielos es
semejante a un mercader que busca buenas perlas,
13:46 que habiendo hallado una perla preciosa,
fue y vendió todo lo que tenía, y la compró.
La red
13:47 Asimismo el reino de los cielos es semejante
a una red, que echada en el mar, recoge de toda clase de peces;
13:48 y una vez llena, la sacan a la orilla;
y sentados, recogen lo bueno en cestas, y lo malo echan fuera.
13:49 Así será al fin del siglo:
saldrán los ángeles, y apartarán a los malos de entre
los justos,
13:50 y los echarán en el horno de fuego;
allí será el lloro y el crujir de dientes.
Tesoros nuevos y viejos
13:51 Jesús les dijo: ¿Habéis
entendido todas estas cosas? Ellos respondieron: Sí, Señor.
13:52 El les dijo: Por eso todo escriba docto
en el reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que saca
de su tesoro cosas nuevas y cosas viejas.
Jesús en Nazaret
(Mr. 6. 1-6;
Lc.
4. 16-30)
13:53 Aconteció que cuando terminó Jesús estas
parábolas, se fue de allí.
13:54 Y venido a su tierra, les enseñaba en la sinagoga de ellos,
de tal manera que se maravillaban, y decían: ¿De dónde
tiene éste esta sabiduría y estos milagros?
13:55 ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No
se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón
y Judas?
13:56 ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De
dónde, pues, tiene éste todas estas cosas?
13:57 Y se escandalizaban de él. Pero Jesús les dijo:
No
hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su casa.
13:58 Y no hizo allí muchos milagros, a causa de la incredulidad
de ellos.
.é
Capítulo 14
Muerte de Juan el Bautista
(Mr. 6. 14-29;
Lc.
9. 7-9)
14:1 En aquel tiempo Herodes el tetrarca oyó la fama de Jesús,
14:2 y dijo a sus criados: Este es Juan el Bautista; ha resucitado
de los muertos, y por eso actúan en él estos poderes.
14:3 Porque Herodes había prendido a Juan, y le había
encadenado y metido en la cárcel, por causa de Herodías,
mujer de Felipe su hermano;
14:4 porque Juan le decía: No te es lícito tenerla. 
14:5 Y Herodes quería matarle, pero temía al pueblo;
porque tenían a Juan por profeta.
14:6 Pero cuando se celebraba el cumpleaños de Herodes, la hija
de Herodías danzó en medio, y agradó a Herodes,
14:7 por lo cual éste le prometió con juramento darle
todo lo que pidiese.
14:8 Ella, instruida primero por su madre, dijo: Dame aquí en
un plato la cabeza de Juan el Bautista.
14:9 Entonces el rey se entristeció; pero a causa del juramento,
y de los que estaban con él a la mesa, mandó que se la diesen,
14:10 y ordenó decapitar a Juan en la cárcel.
14:11 Y fue traída su cabeza en un plato, y dada a la muchacha;
y ella la presentó a su madre.
14:12 Entonces llegaron sus discípulos, y tomaron el cuerpo
y lo enterraron; y fueron y dieron las nuevas a Jesús.
Alimentación de los cinco mil
(Mr. 6. 30-44;
Lc.
9. 10-17;
Jn. 6. 1-14)
14:13 Oyéndolo Jesús, se apartó de allí
en una barca a un lugar desierto y apartado; y cuando la gente lo oyó,
le siguió a pie desde las ciudades.
14:14 Y saliendo Jesús, vio una gran multitud, y tuvo compasión
de ellos, y sanó a los que de ellos estaban enfermos.
14:15 Cuando anochecía, se acercaron a él sus discípulos,
diciendo: El lugar es desierto, y la hora ya pasada; despide a la multitud,
para que vayan por las aldeas y compren de comer.
14:16 Jesús les dijo: No tienen necesidad
de irse; dadles vosotros de comer.
14:17 Y ellos dijeron: No tenemos aquí sino cinco panes y dos
peces.
14:18 El les dijo: Traédmelos acá.
14:19 Entonces mandó a la gente recostarse sobre la hierba; y
tomando los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo,
bendijo, y partió y dio los panes a los discípulos, y los
discípulos a la multitud.
14:20 Y comieron todos, y se saciaron; y recogieron lo que sobró
de los pedazos, doce cestas llenas.
14:21 Y los que comieron fueron como cinco mil hombres, sin contar
las mujeres y los niños.
Jesús anda sobre el mar
(Mr. 6. 45-52;
Jn.
6. 15-21)
14:22 En seguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en
la barca e ir delante de él a la otra ribera, entre tanto que él
despedía a la multitud.
14:23 Despedida la multitud, subió al monte a orar aparte; y
cuando llegó la noche, estaba allí solo.
14:24 Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas;
porque el viento era contrario.
14:25 Mas a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos
andando sobre el mar.
14:26 Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar,
se turbaron, diciendo: ¡Un fantasma! Y dieron voces de miedo.
14:27 Pero en seguida Jesús les habló, diciendo: ¡Tened
ánimo; yo soy, no temáis!
14:28 Entonces le respondió Pedro, y dijo: Señor, si
eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas.
14:29 Y él dijo: Ven. Y descendiendo
Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús.
14:30 Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse,
dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame!
14:31 Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de
él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por
qué dudaste?
14:32 Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento.
14:33 Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron,
diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.
Jesús sana a los enfermos en Genesaret (Mr. 6. 53-56)
14:34 Y terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret.
14:35 Cuando le conocieron los hombres de aquel lugar, enviaron noticia
por toda aquella tierra alrededor, y trajeron a él todos los enfermos;
14:36 y le rogaban que les dejase tocar solamente el borde de su manto;
y todos los que lo tocaron, quedaron sanos.
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