HECHOS

Capítulo 02

Los ciento veinte perseveraron en la oración y la alabanza por diez días después de la ascensión de Jesús, hasta el día de Pentecostés. Este era el festival de la cosecha para los judíos. En el Antiguo Testamento era llamado también la Fiesta de las Semanas (Éxodo 34:22; Deuteronomio 16:16), porque había una semana de semanas (siete semanas) entre Pascua y este día.

Pentecostés significa "quincuagésimo", y recibía este nombre porque en el quincuagésimo día después de haber sido mecida la gavilla de los primeros frutos (Levítico 23:15) se mecían dos panes de primicias (Levítico 23:17).

 

Cuando llegó el día (2:1)

"Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos."

Ahora se estaba completando Pentecostés, lo que llama nuestra atención hacia el hecho de que el período de espera estaba llegando a su fin, y las profecías del Antiguo Testamento estaban a punto de ser cumplidas. Los ciento veinte estaban aún unánimes y juntos en el mismo lugar. No faltaba ninguno. No se nos dice dónde se hallaba ese lugar, pero generalmente se considera que fuera el Aposento Alto que era su lugar de reunión (Hechos 1:13). Hay quienes, en vista de la declaración de Pedro de que era la hora tercera del día (9 a.m.), creen que estaban en el Templo, probablemente en el patio de las mujeres. Ya hemos visto que los creyentes se hallaban de ordinario en el Templo a las horas de oración. Uno de los pórticos o columnatas cubiertas que se hallaban en los extremos del patio, hubiera proporcionado un buen lugar para que se reunieran y oraran en común. Esto ayudaría a explicar la multitud que se reunió después del derramamiento del Espíritu.

 

Viento y fuego (2:2, 3)

"Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos."

De repente, sin advertencia alguna, llegó del cielo un sonido como el de un viento recio y poderoso (violento) o un tornado. Pero fue el sonido el que llenó la casa y los hizo sobrecogerse, y no un viento real.

El viento les recordaría las manifestaciones divinas del Antiguo Testamento. Dios le habló a Job desde un torbellino (Job 38:1; 40:6); un poderoso viento del este secó el camino a través del mar Rojo, permitiéndoles a los israelitas escapar de Egipto sobre suelo seco (Éxodo 14:21). El viento fue también un símbolo frecuente del Espíritu en el Antiguo Testamento (Ezequiel 37:9, 10, 14, por ejemplo). Jesús mismo usó el viento para hablar del Espíritu (Juan 3:8).

El sonido del viento les indicaba a los presentes que Dios estaba a punto de manifestarse a sí mismo y a su Espíritu de una manera especial. El hecho de que fuera el sonido de un viento poderoso también les recordaba el poder prometido por Jesús en Hechos 1:8, un poder destinado a servir.

De forma igualmente súbita, unas lenguas repartidas como lenguas de llamas o de fuego, aparecieron. Esto es, algo que parecía una masa de llamas apareció sobre todo el grupo. Entonces se dispersó, y cada una de las llamas, que parecían como lenguas de fuego, se fue a colocar sobre la cabeza de cada uno de ellos, tanto hombres como mujeres. Por supuesto, no había ningún fuego real, y nadie se quemó. Pero el fuego y la luz eran símbolos comunes de la presencia divina, como en el caso de la zarza ardiente (Éxodo 3:2), y también la aparición del Señor en medio del fuego en el Monte Sinaí después de que el pueblo de Israel aceptara el Pacto Antiguo (Éxodo 19:18).

Algunos suponen que estas lenguas constituyeron un bautismo de fuego que traía consigo purificación. Sin embargo, la mente y el corazón de los ciento veinte ya estaban abiertos al Cristo resucitado, ya estaban purificados, y estaban llenos de alabanza y gozo (Lucas 24:52, 53); ya respondían a la Palabra inspirada por el Espíritu (Hechos 1:16), y ya se hallaban unánimes. Más que purificación o juicio, aquí el fuego significaba que Dios aceptaba el Cuerpo de la Iglesia como templo del Espíritu Santo (Efesios 2:21, 22; 1 Corintios 3:16), y después, que aceptaba a cada uno de los creyentes como templo del Espíritu también (1 Corintios 6:19). Con esto, la Biblia aclara que la Iglesia ya existía antes del bautismo pentecostal. En Hebreos 9:15, 17 se nos muestra que fue la muerte de Cristo la que instauró el Nuevo Pacto. Desde el día de la resurrección, cuando Jesús sopló sobre los discípulos, la Iglesia quedó constituida como Cuerpo de un nuevo pacto.

Es importante notar que estos signos precedieron al bautismo pentecostal o dones del Espíritu. No fueron parte de él, ni se repitieron en otras ocasiones en que el Espíritu se derramó. Por ejemplo, Pedro identificó el derramamiento sobre los creyentes en la casa de Cornelio con la promesa de Jesús de que serían bautizados en el Espíritu, diciéndoles que era el mismo don (Hechos 10:44-47; 11:17). Pero el viento y el fuego no estuvieron presentes. Parece que sólo fueron necesarios en una ocasión.

 

Llenos del espíritu santo (2:4)

"Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen."

Después de reconocer a la Iglesia como el nuevo Templo, Dios derramó su Espíritu sobre ella. Jesús habló de bautismo; ahora se habla de plenitud, es decir, experiencia plena. La Biblia usa diversos términos para expresar esta realidad. Es derramamiento del Espíritu, tal como profetizara Joel (Hechos 2:17, 18, 33); recepción activa de un don (Hechos 2:38) y descendimiento del Espíritu (Hechos 8:16; 10:44; 11:15). En Hechos 10:45 es de nuevo derramamiento del don, y venida del Espíritu sobre los creyentes. Son tantos los términos usados, que no hay por qué suponer que el bautismo sea algo distinto de la plenitud. El Espíritu es una persona. Por tanto, se trata de una experiencia que crea una relación. Cada uno de los términos lo que hace es revelar alguno de sus aspectos.

Puesto que estaban reunidos todos unánimes, cuando se dice que fueron llenados "todos", se está hablando de los ciento veinte. Hay quienes suponen que sólo fueron llenos los doce apóstoles. Sin embargo, fueron más de doce las lenguas que se hablaron. Más tarde, Pedro diría que Dios les había concedido a los gentiles "el mismo don que a nosotros que hemos creído en el Señor Jesucristo". Esto nos sugiere que el Espíritu descendió de la misma forma, no sólo sobre los doce, sino sobre los ciento veinte y también sobre los tres mil que creyeron aquel día. Fue y es una experiencia para todos, aunque en el Antiguo Testamento sólo había sido para algunos.

Tan pronto como fueron llenos, los ciento veinte comenzaron a hablar en otras lenguas. Como en Hechos 1:1, la palabra "comenzaron" muestra que continuaron haciéndolo después, lo que indica que las lenguas eran el acompañamiento normal del bautismo en el Espíritu Santo. Era el Espíritu quien les daba que hablasen (les seguía dando a hablar). Esto es, ellos eran quienes hablaban, pero las palabras no venían de su mente. El Espíritu se las daba y ellos las decían valientemente en voz alta, y con una unción llena de poder. Esta es la única señal del bautismo en el Espíritu que se repetiría.

 

Atónitos Y Maravillados (2:5-13)

"Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, " cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto? " Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto."

Jerusalén era un centro cosmopolita al cual volvían muchos judíos de la dispersión para establecerse en él. "Moraban" (versículo 5) generalmente quiere decir algo más que una visita o una permanencia temporal. Sin embargo, puesto que era la fiesta de Pentecostés, podemos estar seguros de que había muchos judíos procedentes de todos los rincones del mundo conocido en Jerusalén en aquel momento. Estos eran personas devotas y temerosas de Dios, sinceras en su adoración a Dios. En realidad, es probable que hubiera mayor número de ellos en Jerusalén en aquel momento, que durante la Pascua, puesto que la travesía del mar Mediterráneo era más segura en esta estación que en los meses anteriores.

 

A medida que el sonido de los ciento veinte que hablaban en lenguas se hizo más alto y audible, se fue formando una multitud de personas que llegaban de todas las direcciones. Todos se sentían confundidos, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. La palabra "propia" es enfática aquí, y significa su propio lenguaje, el que usaba de niño. Lengua significa aquí un lenguaje diferente. No estaban hablando simplemente en una variedad de dialectos galileos o arameos, sino en diversos idiomas totalmente diferentes.

El resultado fue que se sintieron maravillados. Estaban confusos. Se sentían llenos de asombro y de temor, porque reconocían, probablemente por la forma en que vestían, que aquellos ciento veinte eran galileos. No podían comprender cómo cada uno de ellos los oía hablar su propio lenguaje, aquél en el que había nacido.

Hay quienes consideran que el versículo 8 significa que los ciento veinte hablaban todos el mismo lenguaje en realidad, y que gracias a un milagro en la audición, los que componían la multitud oían aquello en su lengua materna. Pero los versículos 6 y 7 son demasiado específicos para aceptar esto. Cada uno los oía hablar en su propio dialecto, sin acento galileo alguno. No se hubieran sorprendido si los ciento veinte hubieran hablado en arameo o en griego.

Otros han supuesto que los ciento veinte hablaron en lenguas en realidad, pero que nadie los entendió. Proponen que el Espíritu interpretó las lenguas desconocidas en los oídos de quienes los escuchaban, para que entendieran su propio idioma. Pero los versículos 6 y 7 desechan esta suposición también. Hablaron idiomas reales, y estos fueron comprendidos realmente por una serie de personas procedentes de lugares distintos. Esto serviría de testimonio sobre la universalidad del Don y la universalidad y unidad de la Iglesia.

 

Los lugares nombrados aquí como lugares natales de estos judíos devotos, se hallaban en todas las direcciones, pero también siguen un orden general (con algunas excepciones), comenzando en el nordeste. Partía se hallaba al este del Imperio Romano, entre el mar Carpio y el golfo Pérsico; Media estaba al este de Asiria; Elam, al norte del golfo Pérsico en la parte sur de Persia; Mesopotamia era la antigua Babilonia, casi totalmente fuera del Imperio Romano. Babilonia tenía una gran población judía en la época del Nuevo Testamento, y más tarde se convirtió en centro del judaísmo ortodoxo (1 Pedro 5:13).

 

Se menciona la Judea porque los judíos de allí hablaban hebreo aún, y deben haber estado asombrados con la falta de acento galileo. También es posible que Lucas incluya con la Judea toda Siria, de hecho, todo el territorio de David y Salomón, desde el río Éufrates hasta el río de Egipto (Génesis 15:18). Capadocia era una gran provincia romana en la parte central del Asia Menor; el Ponto era otra provincia romana en el norte de Asia Menor, sobre el mar Negro; Asia era la provincia romana que comprendía el tercio occidental de Asia Menor; la Frigia era un distrito étnico, parte del cual se hallaba en la provincia de Asia, y parte en la Galacia. Años después. Pablo fundaría muchas iglesias en esta región.

 

La Panfilia era una provincia romana situada en la costa sur del Asia Menor; Egipto, al sur, tenía una abundante población judía. El filósofo judío Filón afirmó en el año 38 d.C. que había cerca de un millón de judíos allí, la mayoría en Alejandría. Cirene era un distrito de África al oeste de Egipto, junto a la costa mediterránea (Hechos 6:9; 11:20; 13:1).

Había otros presentes en Jerusalén que eran extranjeros (de paso, residentes temporales) en la ciudad, ciudadanos de Roma, tanto judíos como prosélitos (gentiles convertidos al judaísmo). Había también otros procedentes de la isla de Creta y de la Arabia, el distrito situado al este y sureste de Palestina.

 

Todos ellos estuvieron oyendo en sus propios idiomas las maravillosas obras (los actos poderosos, magníficos y sublimes) de Dios. Esto puede haber sido en forma de expresiones de alabanza a Dios por estas obras maravillosas. No se señala aquí que hubiera discursos o predicación, aunque con toda seguridad la predicación hubiera causado la salvación de algunos (1 Corintios 1:21). Sin embargo, no hay memoria ahora ni en ningún otro momento, de que el don de lenguas haya sido usado como medio para predicar o enseñar el Evangelio.

En cambio, los oyentes estaban maravillados (asombrados) y atónitos (perplejos, sorprendidos, completamente incapaces de comprender) sobre lo que significaba todo aquello. "¿Qué quiere decir esto?" sería literalmente "¿Qué será todo esto?" Su pregunta expresa una confusión total, así como un asombro extremo. Comprendían el significado de las palabras, pero no su propósito. Por esto se hallaban confundidos con lo que oían.

 

Había otros en la multitud que evidentemente no comprendían ninguno de aquellos lenguajes, y tomaron todo aquello como algo ininteligible. Entonces, como no podían comprender su significado, se apresuraron a deducir que aquello no tenía sentido alguno. Por consiguiente, se dedicaron a burlarse y a expresar gran mofa, diciendo que estos hombres (esta gente; aquí se incluían hombres y mujeres) estaban llenos (repletos, saturados) de mosto (vino dulce, vino nuevo). La palabra "mosto" traduce el griego gléukous, del que derivamos nuestra palabra "glucosa" o azúcar de uva. No es la palabra ordinaria para nombrar al vino nuevo, y probablemente represente a un vino embriagante hecho de una uva muy dulce. Pasaría algún tiempo hasta que comenzara la cosecha de la uva en agosto, y el jugo de uva estuviera disponible de nuevo.

 

El texto griego indica que estaban haciendo gestos de burla, además de proferir palabras. Algunos bebedores se ponen escandalosos, y es posible que esto fuera lo que pensaban quienes se burlaban de ellos. No debemos suponer que hubiera señal alguna de las que marcaban las licenciosas borracheras de los paganos. Su emoción principal seguía siendo el gozo. Habían estado dándole gracias a Dios y alabándolo en su propio idioma (Lucas 24:53), y ahora el Espíritu Santo les acababa de dar nuevos idiomas con los cuales alabarlo. Estamos seguros de que su corazón seguía dirigiéndose a Dios en alabanza, aunque no comprendieran lo que estaban diciendo.

 

La Explicación De Pedro (2:14-21)

"Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras. Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día. Mas esto es lo dicho por el profeta Joel: Y en los postreros días, dice Dios, derramaré de mi espíritu sobre toda carne, y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. Y daré prodigios arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y vapor de humo; el sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día del Señor, grande y manifiesto; y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo."

 

Cuando Pedro y los otros once apóstoles (entre ellos Matías) se pusieron de pie, los ciento veinte cesaron de hablar en lenguas inmediatamente. Entonces, toda la multitud se dispuso a escucharlo. Todavía bajo la unción del Espíritu, alzó la voz y les habló. La palabra usada para el gesto de querer hablar de Pedro en este momento es la misma usada para la manifestación en lenguas en Hechos 2:4. Con esto sugiere que Pedro habló en su propio idioma (arameo) según el Espíritu le daba que hablase. En otras palabras, lo que sigue no es un sermón, en sentido ordinario de la palabra. Por supuesto que Pedro no se sentó a estudiar los tres puntos del sermón. Al contrario; su prédica es una manifestación espontánea del don de profecía (1 Corintios 12:10; 14:3).

 

El discurso de Pedro iba dirigido a los judíos y a los que habitaban en Jerusalén. Esta era una forma educada de comenzar, que seguía sus costumbres, pero no echaba a un lado a la mujeres. Igual sucedería en los versículos 22 y 29.

Se puede notar que, a medida que los ciento veinte continuaban hablando en lenguas, las burlas iban aumentando, hasta que la mayoría se estaban mofando de ellos. Hasta es posible que algunos de los que comprendían los idiomas se les hayan unido. Pedro no llamó la atención al hecho de que algunos los comprendieran. Sólo les respondió a los que se burlaban.

No estaban ebrios, como suponía la multitud, porque sólo era la hora tercera del día, esto es, alrededor de las nueve de la mañana. En realidad, ni el mismo mosto era muy fuerte. En aquellos tiempos, no había formas de destilar alcohol o de hacer más fuertes las bebidas. Sus bebidas más fuertes eran el vino y la cerveza, y tenían la costumbre de diluir el vino con varias partes de agua. Hubiera hecho falta gran cantidad para que se embriagaran a horas tan tempranas. También podemos estar seguros de que cualquiera que estuviera bebiendo no estaría en un lugar público a esa hora. Así fue como demostró que las palabras de los que se burlaban eran absurdas.

 

Entonces Pedro declaró que lo que ellos veían y oían (2:33) era el cumplimiento de Joel 2:28-32 (Joel 3:1-5 en la biblia hebrea). Como el contexto de Joel sigue hablando sobre el juicio por venir y el final de los tiempos, algunos creen hoy que la profecía de Joel no se cumplió en el día de Pentecostés. Un escritor llega a decir que Pedro no quiso decir "Esto es lo dicho", sino más bien "Esto se parece a lo dicho". En otras palabras, el derramamiento pentecostal sólo se parecía a lo que sucederá cuando Israel sea restaurada al final de los tiempos.

Sin embargo, lo que Pedro dijo fue: "Esto es lo dicho". Joel, como los demás profetas del Antiguo Testamento, no vio el tiempo que transcurriría entre la primera venida de Cristo y la segunda. Hasta es probable que el mismo Pedro no viera el tiempo que habría de transcurrir. Sin embargo, sí vio que se acercaba la era mesiánica, y probablemente tuviera la esperanza de que llegaría muy pronto.

 

Pedro hace un cambio evidente en la profecía. Bajo la inspiración del Espíritu, especifica que la palabra "después" de Joel 2:28 significa que el derramamiento tendrá lugar "en los postreros días". Con esto reconocía que los últimos días habían comenzado con la ascensión de Jesús (Hechos 3:19-21). Con esto podemos ver que el Espíritu Santo reconoce que toda la época de la Iglesia comprende los "postreros días". Estamos en la última época antes del rapto de la Iglesia, la restauración de Israel y el reino milenario de Cristo sobre la tierra; la última época antes de que el Señor Jesúsvenga en fuego a tomar venganza en aquellos que no conocen a Dios y rechazan el Evangelio (2 Tesalonicenses 1:7-10).

 

La primera parte de la cita de Joel tiene una aplicación obvia a los ciento veinte. Los muchos idiomas señalan con claridad la intención de Dios de derramar su Espíritu sobre toda carne. En hebreo, "toda carne" significa de ordinario toda la humanidad, como vemos en Génesis 6:12."Carne" nos puede hablar también de fragilidad, y esto se encuadra dentro de la realidad de que el bautismo en el Espíritu es una experiencia que da poder. El Espíritu quiere darnos poder y hacernos fuertes.

 

No sabemos si hubo sueños o visiones mientras ellos hablaban en lenguas. Es posible que los hubiera. Pero en lo que se insiste repetidamente (versículos 17 y 18) es en que el Espíritu se derramaba para que aquellos que quedaran llenos de él pudieran profetizar. Evidentemente, Pedro, por medio del Espíritu, vio que las lenguas cuando son comprendidas, equivalen a la profecía (1 Corintios 14:5, 6). En la Biblia, profetizar significa hablar a nombre de Dios, como vocero o "boca" suya. (Compare con Éxodo 7:1 y Éxodo 4:15, 16.)

 

"Toda carne" se especifica ahora mencionando "vuestros hijos y vuestras hijas". No habría distinción en la experiencia pentecostal con respecto al sexo. Esto es otra indicación de que los ciento veinte fueron bautizados en el Espíritu, tanto hombres como mujeres.

Los jóvenes verían visiones y los ancianos soñarían sueños. No existiría división con respecto a la edad. Tampoco parece haber distinción real alguna entre los sueños y las visiones. La Biblia usa indistintamente ambas palabras con frecuencia. Son por lo menos paralelas. (Vea Hechos 10:17; 16:9, 10; y 18:9, como ejemplos de visiones).

 

Hasta sobre los esclavos, tanto hombres como mujeres (que es lo que significan realmente las palabras "siervos" y "siervas") Dios derramaría su Espíritu. En otras palabras, el Espíritu no tendría en cuenta las distinciones sociales. Aunque probablemente no hubiera esclavos entre los ciento veinte, en el Imperio Romano había muchas regiones donde los esclavos componían hasta el ochenta por ciento de la población. Ya llegaría el cumplimiento de esta parte de la profecía.

También es posible tomar el versículo 18 como una declaración resumida: "Sobre mi iglesia de esclavos", paralela a los esclavos israelitas librados de Egipto por el grandioso poder de Dios. Todas las epístolas se refieren a los creyentes llamándolos siervos (literalmente, esclavos), más que discípulos. No pedían nada para sí mismos, no reclamaban derecho alguno, y lo daban todo al servicio de su Amo y Señor. Hasta los hermanos de Jesús, Jacobo (o Santiago) y Judas, se llaman a sí mismos siervos (esclavos) del Señor Jesús (Santiago 1:1; Judas 1).

 

Muchos interpretan simbólicamente los versículos 18 y 19. Otros suponen que de alguna forma fueron cumplidos durante las tres horas de tinieblas que tuvieron lugar mientras Jesús colgaba de la cruz. Más bien parece que la mención de las señales indica que el derramamiento y las profecías continuarían hasta que estas señales llegaran, al final de la era. Pedro también quiere decir que se pueden esperar estas señales con igual confianza que las ya cumplidas.

Podemos ver también el don del Espíritu como las primicias de la era futura (Romanos 8:23). El corazón y la mente sin regenerar del hombre, no pueden concebir las cosas que Dios ha preparado para aquellos que lo aman. Pero "Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu" (1 Corintios 2:9, 10). La herencia que será totalmente nuestra cuando Jesús venga, no es ningún misterio para nosotros. Ya la hemos experimentado; al menos, en cierta medida. Como señala Hebreos 6:4, 5, todos los que han probado (experimentado realmente) el don celestial y han sido hechos partícipes del Espíritu Santo, ya han gustado de la buena palabra (promesa) de Dios y los poderes (poderes extraordinarios, milagros) del siglo (la época) por venir.

Algunos ven también en el fuego y el humo una referencia a las señales de la presencia de Dios en el monte Sinaí, como lo relata Éxodo 19:16-18; 20:18 y miran al día de Pentecostés como el momento en que fue dada una nueva ley o fue renovado el nuevo pacto. Sin embargo, como lo indica Hebreos 9:15-18, 26, 28, la muerte de Cristo fue la que hizo efectivo el nuevo pacto, y no hay necesidad de nada más.

 

Entre las señales se incluye aquí la sangre (versículo 19), lo que hace referencia al aumento en el derramamiento de sangre, las guerras y el humo de las guerras que cubrirá el sol y hará que la luna se vea roja. Estas cosas tendrán lugar antes del día grande y notable (manifestó) del Señor. Forman parte de la época presente. En el Antiguo Testamento, el día del Señor incluye tanto los juicios sobre las naciones del presente, como la restauración de Israel con el establecimiento del reino mesiánico. Pero a Pedro no le interesan estas profecías como tales en este momento. Lo que él quiere es que sus oyentes comprendan que el poder pentecostal del Espíritu continuará derramándose a través de toda esta época. La época de la iglesia es la época del Espíritu Santo; el don del Espíritu seguirá disponible aun en medio de las guerras y el derramamiento de sangre que tendrán lugar.

 

El versículo 21 señala el motivo del derramamiento. A través del poder que traerá consigo, la labor de convicción del Espíritu será hecha en el mundo, no solamente al final, sino durante toda la época, hasta el mismo momento en que llegue el gran día del Señor. Durante este período, todo el que invocare (pida ayuda para su necesidad, esto es, pida salvación) el nombre del Señor, será salvo. La expresión griega es fuerte: "todo aquel". Pase lo que pase; sean cuales sean las fuerzas que se opongan a la Iglesia, la puerta de la salvación seguirá abierta. El texto griego también indica que podemos tener la esperanza de que muchos responderán y serán salvos.

 

La exaltación de Jesús (2:22-36)

"Varones israelitas, oíd estas palabras: Jesús Nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con las maravillas, prodigios y señales que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis; a éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole; al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella. Porque David dice de él: Veía al Señor siempre delante de mí; porque está a mi diestra, no seré conmovido. Por lo cual mi corazón se alegró, y se gozó mi lengua, y aun mi carne descansará en esperanza; porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción. Me hiciste conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia.


Varones hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy. Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que de su descendencia, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís. Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis. Dios le ha hecho Señor y Cristo."

 

El cuerpo del mensaje de Pedro se centra, no en el Espíritu Santo, sino en Jesús. El derramamiento pentecostal llevaba en sí la intención de dar un testimonio poderoso de Jesús (Hechos 1:8; Juan 15:26, 27; 16:14).

 

Pedro llamó primero la atención sobre el hecho de que los habitantes de Jerusalén conocían a Jesús, el hombre de Nazaret, y sabían cómo Dios lo había aprobado a beneficio de ellos con milagros (obras poderosas) y prodigios, y señales. Estas son las tres palabras usadas en la Biblia para referirse a los milagros sobrenaturales. Se refirieron a los diversos milagros que hizo Jesús, especialmente en el Templo en las fiestas (Juan 2:23; 4:45; 11:47).

 

Este Jesús, continuó diciendo Pedro, vosotros lo prendisteis y matasteis por manos de inicuos (manos de hombres sin ley, hombres fuera de la Ley; esto es, los soldados romanos). Pedro no dudó en hacer responsable de la muerte de Jesús a la población de Jerusalén, aunque también dejó en claro que el Señor Jesús había sido entregado a ellos por el determinado consejo (la voluntad específica) y anticipado conocimiento de Dios. Compare con Lucas 24:26, 27, 46. Si habían entendido a los profetas, deberían haber sabido que el Mesías tendría que sufrir. No obstante, Pedro no está tratando de hacer menor su culpa al decir esto.

Se debe señalar también que Pedro estaba habiéndoles ahora a judíos de Jerusalén, muchos de los cuales habían gritado también: "¡Crucifícale!" La Biblia nunca lanza este tipo de responsabilidad sobre los judíos en general. Por ejemplo, en Hechos 13:27-29, Pablo, al hablarles a los judíos de Antioquía de Pisidia, les atribuye cuidadosamente la crucifixión a los que habitaban en Jerusalén, y dice "ellos" en lugar de decir "vosotros".

 

Pedro añade rápidamente: "Al cual Dios levantó". La resurrección hizo desaparecer el estigma de la cruz y anuló la decisión de los líderes de Jerusalén, al mismo tiempo que era también una indicación de que Dios había aceptado el sacrificio de Jesús. También por la resurrección. Dios liberó a Jesús de los sufrimientos (dolores) de la muerte, porque no era posible que ella lo pudiera contener. "Dolores" significa generalmente "dolores de parto", de manera que la muerte es vista aquí como el acto de dar a luz. Así como se alivian los dolores del parto al nacer el niño, también la resurrección hizo llegar el fin de los dolores de muerte.

 

Puesto que la paga del pecado es muerte (Romanos 6:23), algunos dicen que la razón por la que la muerte no pudo retenerlo, era porque no tenía pecado propio que pudiera reclamar la muerte. Sin embargo, Pedro no razona así en este punto. Todo su razonamiento está fundamentado en la Palabra de Dios, en las Escrituras proféticas. Bajo la inspiración del Espíritu, dice que David hablaba de Jesús en el Salmo 16:8-11. La tradición judaica de aquellos tiempos también aplicaba estas palabras al Mesías.

El punto central es la promesa de que Dios no dejaría (abandonaría) su alma en el infierno (en griego, hades, el lugar más allá de la vida, traducción de la palabra hebrea sheol), y no permitiría que su Santo viera corrupción (putrefacción).

 

Pedro declara que era correcto que él dijera libremente (libre y abiertamente) del patriarca (padre y jefe o gobernante ancestral) David que el salmo no se le podía aplicar a él. No sólo estaba muerto y enterrado, sino que su tumba se hallaba allí, en Jerusalén. Era evidente que la carne de David sí había visto corrupción. Pero la de Jesús no. Aunque Pedro no lo dijo, estaba declarando implícitamente que la tumba de Jesús estaba vacía.

 

Puesto que David era profeta (vocero de Dios), y puesto que sabía que Dios había jurado que Uno del fruto de sus lomos se sentaría en su trono, pudo prever la resurrección del Cristo (el Mesías, el Ungido de Dios) y hablar de ella. Aquí se está haciendo referencia al pacto davídico. En él, Dios le prometió a David que siempre habría un hombre de su simiente para el trono. Esto fue dicho primeramente con respecto a Salomón (2 Samuel 7:11-16). Pero reconocía que si los descendientes de David pecaban, tendrían que ser castigados como cualquier otro. Sin embargo. Dios nunca le volvería la espalda al linaje de David para sustituirlo, como había hecho en el caso del rey Saúl. Este pacto fue confirmado nuevamente en los Salmos 89:3, 4; 132:11, 12.

 

Como los reyes del linaje de David no siguieron al Señor, al final Él tuvo que hacer terminar su reinado y enviarlos al exilio de Babilonia. Su propósito al hacerlo fue librar a Israel de la idolatría. Pero la promesa hecha a David seguía en pie. Todavía habría Uno que se sentaría en el trono de David y lo haría eterno.

 

Con esto, Pedro declara que el Señor Jesús es el Rey mesiánico. Porque Dios lo levantó, no fue dejado (abandonado) en el hades, y su carne no vio corrupción. Además de esto, tanto Pedro como los ciento veinte eran testigos todos de su resurrección.

 

Sin embargo, la resurrección de Cristo sólo era parte de un proceso mediante el cual Dios, por su poderosa diestra, alzó a Jesús a una exaltada posición de poder y autoridad a su derecha. (Habla de las dos formas: "por la diestra de Dios" y "a la diestra de Dios".) Este es también el lugar del triunfo y la victoria. Al pagar todo el precio. Jesús ganó para nosotros la batalla contra el pecado y la muerte. Por esto permanece a la derecha de Dios durante toda esta época. (Vea Marcos 16:19; Romanos 8:34; Efesios 1:20, 21; Colosenses 3:1; Hebreos 1:3; 8:1; 10:12; 12:2; 1 Pedro 3:22.)

 

En Cristo, nosotros también nos hallamos sentados a la derecha de Dios (Efesios 2:6). Puesto que ésta es nuestra posición en Cristo, no necesitamos nuestras propias obras de justicia para reclamar su promesa. Nada que podamos hacer nos daría una posición más alta de la que ya tenemos en Cristo.

 

A continuación, Pedro usa la exaltada posición de Cristo para explicar la experiencia pentecostal. Al estar ahora a la derecha del Padre, Él recibió del Padre la promesa del Espíritu Santo y derramó a su vez ese Espíritu; la multitud podía ver y oír el resultado de su acción: los ciento veinte hablando en otras lenguas.

 

Jesús había dicho que le era necesario irse para que el Consolador pudiera venir (Juan 16:7). Así, aunque el bautismo en el Espíritu Santo es la promesa del Padre, Jesús es el que lo derrama. El Padre es el Dador, pero Jesús es el Bautizador.

 

El derramamiento del Espíritu también era evidencia de que el Señor Jesús había sido exaltado realmente a la derecha del Padre. Esto significa algo para nosotros, los que ahora creemos y recibimos el bautismo en el Espíritu. Este bautismo se convierte para nosotros personalmente en evidencia de que el Señor Jesús está allí, a la mano derecha del Padre, aún hoy, para interceder por nosotros. De esta forma podemos ser testigos directos sobre el lugar donde está Jesús, y lo que está haciendo.

Con otra cita de las Escrituras, se evidencia más aún que nada de esto era aplicable a David. David no ascendió a los cielos, como lo había hecho Jesús, pero había profetizado esa exaltación en el Salmo 110:1. Una vez más, no podía estar hablando de sí mismo, porque dice: "Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies (con lo que indicaba una victoria completa y definitiva, como en Josué 10:24)." Jesús hizo referencia a esto también en Lucas 20:41-44, reconociendo que David llama Señor a su hijo más importante. (Vea también Mateo 22:42-45; Marcos 12:36, 37).

 

La conclusión que Pedro saca de esto es que toda la casa de Israel necesitaba saber ciertísimamente que Dios había hecho a este Jesús, al que los habitantes de Jerusalén habían crucificado. Señor y Cristo (Mesías).

 

De esto deducimos que, en cumplimiento de la profecía de Joel, Jesús es el Señor al cual todos debemos acudir en busca de salvación. Pablo reconoce también que Dios lo ha exaltado grandemente y le ha dado un nombre que está por sobre todo otro nombre (Filipenses 2:9). "El Nombre" en el Antiguo Testamento hebreo siempre es una expresión usada para hablar del Nombre de Dios. (El hebreo tiene otras maneras de referirse al nombre de un ser humano sin usar la palabra "el".) La expresión El Nombre representa la autoridad, persona, y especialmente la personalidad de Dios en su justicia, santidad, fidelidad, bondad, amor y poder. "Señor" fue la expresión que el Nuevo Testamento usó para el Nombre de Dios. La misericordia, la gracia y el amor son partes de la santidad, el nombre santo por el cual Jesús es reconocido como Señor, la revelación plena de Dios al hombre. Aquí hallamos también la seguridad de que el Señor Jesús está en el cielo, y en pleno dominio de todo. Dios cuidará que su plan sea realizado, pase lo que pase en este mundo.

 

Se añadieron tres mil a la iglesia (2:37-42)

"Al oír esto, se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación. Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan yen las oraciones."

La reacción ante estas palabras proféticas fue inmediata. Se compungieron de corazón (fue perforado su corazón). Ya no siguieron diciendo: "¿Qué significa esto?" Las palabras de Pedro, inspiradas por el Espíritu Santo, se clavaron en su conciencia. Clamaron a él y a los otros apóstoles (que evidentemente, todavía estaban de pie junto a él): Varones hermanos, ¿qué haremos?

 

Sin embargo, no se sentían totalmente desechados. Pedro los había llamado hermanos, y ellos respondieron llamando hermanos a los apóstoles. Su pecado al rechazar y crucificar a Cristo era grande, pero su clamor mismo demuestra que creían que había esperanza, que podrían hacer algo.

 

Pedro les respondió con un llamado al arrepentimiento, esto es, a cambiar su pensamiento y sus actitudes fundamentales aceptando la voluntad de Dios revelada en Cristo. Como en Romanos 12:1, 2, este cambio exigía una renovación de la mente acompañada de un cambio de actitud con respecto al pecado y a sí mismo. La persona que se arrepiente de veras, aborrece el pecado (Salmo 51). Se humilla, reconoce que necesita a Cristo, y se da cuenta que no hay en él bondad alguna que le permita permanecer delante de Dios.

 

Después, los que se arrepintieran podrían declarar ese cambio de mente y corazón haciéndose bautizar en el nombre (en griego, por el nombre) de Jesucristo, esto es, por la autoridad de Jesús. Lucas no da más explicaciones, pero con frecuencia no explica lo que en algún otro lugar aparece con claridad. La autoridad de Jesús señala hacia su propio mandato que aparece en Mateo 28:19. O sea, que el acto mismo de bautizar era hecho en el nombre (para la adoración y el servicio) del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

 

Este bautismo sería también "para" la remisión (el perdón) de sus pecados. ¡Qué maravilloso! ¿Qué rey de la tierra ha perdonado a un traidor? Sin embargo Cristo lo hizo y aún lo hace. Esto es gracia pura y amor sin igual. (Vea Romanos 5:8, 10.) "Para perdón de los pecados" estaría mejor traducido "debido a la liberación de vuestros pecados y el perdón de ellos". Nuestro pecado y nuestra culpa son apartados de nosotros tan lejos como el este lo está del oeste (Salmo 103:12). No sólo están perdonados, sino que se han ido realmente; se han ido de nuestra existencia para nunca más ser alzados contra nosotros.

 

"Debido a" es mejor que "para", puesto que es el mismo tipo de construcción griega usado cuando Juan bautizaba en agua "para" arrepentimiento (Mateo 3:11). Está claro que Juan no bautizaba a nadie para producir arrepentimiento. Cuando los fariseos y saduceos venían a él, les exigía que produjeran fruto digno de arrepentimiento (que demostrara un verdadero arrepentimiento). Esto es, tenían que arrepentirse primero, y entonces él los bautizaría. Somos salvos por gracia por medio de la fe, no por medio del bautismo (Efesios 2:8). Después del arrepentimiento, el bautismo en agua se convierte en la respuesta o testimonio de una buena conciencia que ya ha sido purificada por la sangre y por la aplicación de la Palabra relativa a la resurrección de Cristo por el Espíritu (1 Pedro 3:21; Romanos 10:9, 10).

 

Hay quienes alegan equivocadamente que no había agua suficiente en Jerusalén para bautizar a tres mil por inmersión. Sin embargo, la piscina de Betesda sola era una gran piscina doble, y se han excavado los restos de otras piscinas. En realidad, las posibilidades de bautismo por inmersión eran mucho mayores en Jerusalén entonces que ahora.

 

Después, Pedro habló de la Promesa. Los creyentes recibirían también al Espíritu Santo, como un don diferente después del perdón de sus pecados. Este don del Espíritu Santo es, por supuesto, el bautismo en el Espíritu Santo. Debe ser distinguido de los dones del Espíritu, que son dados por el Espíritu (1 Corintios capítulos 12:14). El don del Espíritu es entregado por Jesús, el poderoso Bautizador.

 

A continuación, Pedro sigue insistiendo en que esta promesa del bautismo en el Espíritu no se limitaba a los ciento veinte. Seguiría estando a disposición, no sólo de ellos, sino también de sus hijos (incluyendo todos sus descendientes), y de todos los que estuvieran lejos, y todos cuanto el Señor nuestro Dios llamara a sí. O sea que la única condición para recibir la Promesa del Padre es el arrepentimiento y la fe. Por tanto, sigue estando hoy a nuestra disposición.

 

El "llamado" podría referirse a Joel 2:32, pero no puede limitarse a los judíos. En Isaías 57:19, Dios habla paz al que está lejos, y Efesios 2:17 aplica esto a la predicación del Evangelio a los gentiles. Hechos 1:8 habla también de los confines de la tierra. Aunque es posible que Pedro no haya comprendido esto completamente hasta su experiencia en casa de Cornelio, se ve claramente que quedan incluidos los gentiles. También queda en claro que mientras Dios esté llamando seres humanos hacia sí, el bautismo en el Espíritu prometido seguirá a disposición de todos los que vengan a Él.

 

Lucas no recoge el resto del testimonio y la exhortación de Pedro. Pero en esta exhortación, es posible que Pedro haya estado ejercitando otro de los dones del Espíritu (Romanos 12:8). Pedro se convirtió en el instrumento a través del cual el Espíritu Santo llevó a cabo la labor predicha por Jesús en Juan 16:8.

 

La esencia de la exhortación de Pedro era que debían salvarse a sí mismos (o mejor, ser salvos) de esta perversa (malvada) generación. Es decir, debían apartarse de la perversidad y la corrupción de los que los rodeaban y rechazaban la verdad sobre Jesús. (Vea las palabras de Jesús en Lucas 9:41; 11:29 y 17:25.) No hay ningún otro antídoto a la perversidad y la corrupción de la sociedad contemporánea.

 

Los que recibieron (le dieron la bienvenida) a la palabra (el mensaje) de Pedro, testificaron entonces de su fe haciéndose bautizar en agua.

Por el Espíritu, también habían sido bautizados en el Cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:13). Dios nunca nos salva para que andemos solos y errantes. Por esto, los tres mil no se esparcieron, sino que permanecieron juntos, y perseveraban en la doctrina de los apóstoles (su enseñanza), en la comunión, en el partimiento del pan y en las oraciones.

 

Con esto vemos que la nueva evidencia de su fe era este deseo persistente de recibir enseñanza. Al aceptar a Cristo y el don del Espíritu, se abrió para ellos una comprensión totalmente nueva del plan y los propósitos de Dios. Llenos de gozo, se sentían hambrientos y querían aprender más. Esto nos muestra también que los apóstoles estaban obedeciendo a Jesús al enseñar (hacer discípulos), tal como El había ordenado en Mateo 28:19. También nos muestra que el discipulado incluye esta especie de deseo ferviente por aprender más sobre Jesús y sobre la Palabra de Dios.

 

Había comunión en la enseñanza. No era simplemente el hecho de reunirse. Era compartir los propósitos de la Iglesia, su mensaje y su obra. Como en 1 Juan 1:3, la Palabra, tal como había sido testificada por la enseñanza de los apóstoles, creó esta comunión, una comunión que no sólo era con los apóstoles, sino también con el Padre y con el Hijo.

 

Algunos creen que la partición del pan sólo significa la Cena del Señor, pero también incluye la comunión en la mesa. No podían observar la Cena del Señor en el Templo, de manera que lo hacían en las casas, primeramente en relación con una comida (puesto que el Señor Jesúsla había instituido al final de la cena de Pascua).

 

Seguramente se reunirían a diario en el Templo a las horas de oración, costumbre que todos seguían practicando, además de tener reuniones de oración en las casas.

La iglesia crece (2:43-47)

"Y sobrevino temor a toda persona; y muchas maravillas y seriales eran hechas por los apóstoles. Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas; y vendían sus propiedades y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno. Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, " alabando a Dios, y teniendo favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos."

 

El testimonio constante de los apóstoles sobre la resurrección de Cristo produjo un temor reverencial (que incluía un sentido de pavor en presencia de lo sobrenatural) en toda persona que oía. Esto se puso más de relieve aún por los numerosos prodigios y señales hechos por los apóstoles. (Esto es, hechos por Dios a través de los apóstoles.) El griego indica que eran agentes secundarios. El que hacía la obra realmente era Dios. (Compare con 1 Corintios 3:6.)

 

Más tarde, Dios haría milagros a través de muchos otros. Pero ahora, los apóstoles tenían la enseñanza de Jesús y el respaldo de que su fe había sido alentada por Él. Los milagros no eran para exhibición, sino más bien para confirmar la Palabra, la enseñanza. (Vea Marcos 16:20.) También ayudaron para que la fe de los nuevos miembros de la iglesia de Pentecostés se afirmara en la Palabra y en el poder de Dios. (Vea 1 Corintios 2:4, 5.)

 

Los creyentes permanecieron juntos y tenían todas las cosas en común (las compartían). Muchos vendían tierras suyas y propiedades personales; el dinero era distribuido a todos aquellos que tuvieran necesidades. "Según la necesidad de cada uno" es una declaración clave: no vendían las propiedades mientras no hubiera una necesidad.

Esto no era comunismo, en el sentido moderno de la palabra, ni siquiera vida comunal. Simplemente era el compartir cristiano. Todos se daban cuenta de la importancia de fundamentarse en la enseñanza de los apóstoles (que nosotros tenemos hoy en la Palabra escrita). Algunos de los que eran de fuera de Jerusalén se quedaron sin dinero pronto, así que los que pudieron, simplemente vendieron lo necesario para que se pudieran quedar. Más tarde Pedro aclararía que nadie estaba obligado a vender nada ni a dar nada (Hechos 5:4). Pero la comunión, el gozo y el amor hacían fácil compartir cuanto tenían.

 

De manera que el cuadro es el de un amoroso cuerpo de creyentes que se reunían unánimes a diario en el Templo con un mismo pensar, un mismo propósito, y compartían la comunión de la mesa en sus casas ("de casa en casa", por familias). Cada casa se convirtió en un centro de comunión y adoración cristiana. El hogar de la madre de Marcos era uno de dichos centros. Sin duda alguna, el hogar de María y Marta en Betania era otro. Jerusalén no tenía capacidad para una multitud así, y seguramente muchos se quedaban en los poblados de los alrededores.

La comunión en la mesa era muy importante también. Comían con regocijo (deleite y gran gozo) y con sencillez de corazón. No había celo, ni críticas, ni contiendas; sólo gozo y corazones llenos de alabanza a Dios. Podemos estar seguros de que la alabanza encontraría su expresión también en salmos, himnos y cánticos espirituales que salían de sus corazones (Colosenses 3:16).

La consecuencia fue que encontraron favor con todo el pueblo (de Jerusalén). Así el Señor seguía añadiendo día tras día a aquellos que habían de ser salvos. Podemos estar seguros también de que la Iglesia los aceptaría llena de gozo.

 

Debemos notar aquí que la última parte del versículo 47 no pretende hablar de la predestinación de las personas. La expresión griega es una simple declaración de que cada día eran salvos algunos, y de que los salvos eran añadidos a la Iglesia. Note también que no se presionaba fuertemente sobre los demás. Las personas veían el gozo y el poder y abrían el corazón a la Palabra, a la verdad sobre Jesús.

 

PENTECOSTÉS o FIESTA DE LAS SEMANAS.

La segunda de las tres solemnidades anuales (Pascua, Fiesta de las Semanas y Fiesta de las Cabañas o de los Tabernáculos) en las cuales todos los varones israelitas se debían presentar en el santuario. Era la primera de las fiestas que tenía que ver con la cosecha

 

Éx. 34:22, 23;

34:22 También celebrarás la fiesta de las semanas, la de las primicias de la siega del trigo, y la fiesta de la cosecha a la salida del año.
34:23 Tres veces en el año se presentará todo varón tuyo delante de Jehová el Señor, Dios de Israel.

 

2 Cr. 8:12, 13;

8:12 Entonces ofreció Salomón holocaustos a Jehová sobre el altar de Jehová que él había edificado delante del pórtico,
8:13 Para que ofreciesen cada cosa en su día, conforme al mandamiento de Moisés, en los días de reposo, en las nuevas lunas, y en las fiestas solemnes tres veces en el año, esto es, en la fiesta de los panes sin levadura, en la fiesta de las semanas, y en la fiesta de los tabernáculos.

 

1 R. 9:25.

9:25 Y ofrecía Salomón tres veces cada año holocaustos y sacrificios de paz sobre el altar que él edificó a Jehová, y quemaba incienso sobre el que estaba delante de Jehová, después que la casa fue terminada.

 

Recibía el nombre de Fiesta de las Semanas porque su fecha estaba fijada en siete semanas después de la ofrenda de la gavilla de cebada

Lv. 23:15, 16;

23:15 Y contaréis desde el día que sigue al día de reposo, desde el día en que ofrecisteis la gavilla de la ofrenda mecida; siete semanas cumplidas serán.
23:16 Hasta el día siguiente del séptimo día de reposo contaréis cincuenta días; entonces ofreceréis el nuevo grano a Jehová.

 

Dt. 16:9, 10.

16:9 Siete semanas contarás; desde que comenzare a meterse la hoz en las mieses comenzarás a contar las siete semanas.
16:10 Y harás la fiesta solemne de las semanas a Jehová tu Dios; de la abundancia voluntaria de tu mano será lo que dieres, según Jehová tu Dios te hubiere bendecido.

 

La gavilla era mecida al día siguiente de un sábado.

Lv. 23:11.

23:11 Y el sacerdote mecerá la gavilla delante de Jehová, para que seáis aceptos; el día siguiente del día de reposo la mecerá.

La opinión más acreditada sitúa este día en el primer día de la Fiesta de los Panes sin levadura.

 

Así lo presenta levítico

(Lv. 23:7 El primer día tendréis santa convocación; ningún trabajo de siervos haréis.), al igual que los organizadores de los servicios del templo de Zorobabel

Así, la Fiesta de las Semanas tomó el nombre de Pentecostés debido a que se celebraba en el día quincuagésimo a partir del mecido de la gavilla (en gr. «Pentecostés» significa «quincuagésimo»;)

Hch. 2:1 Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.

 

También recibía el nombre de fiesta de la siega, o día de las primicias, por cuanto la siega del trigo acababa casi en toda Palestina en este tiempo, y se procedía a ofrendar dos panes de trigo nuevo.

(Éx. 23:16; 34:22;

23:16 También la fiesta de la siega, los primeros frutos de tus labores, que hubieres sembrado en el campo, y la fiesta de la cosecha a la salida del año, cuando hayas recogido los frutos de tus labores del campo.

34:22 También celebrarás la fiesta de las semanas, la de las primicias de la siega del trigo, y la fiesta de la cosecha a la salida del año.

 

Nm. 28:26 Además, el día de las primicias, cuando presentéis ofrenda nueva a Jehová en vuestras semanas, tendréis santa convocación; ninguna obra de siervos haréis.

 

En este día se suspendía todo trabajo: había una solemne convocación

(Lv. 23:21 Y convocaréis en este mismo día santa convocación; ningún trabajo de siervos haréis; estatuto perpetuo en dondequiera que habitéis por vuestras generaciones.

Nm. 28:26 Además, el día de las primicias, cuando presentéis ofrenda nueva a Jehová en vuestras semanas, tendréis santa convocación; ninguna obra de siervos haréis.;

 

Lv. 23:17, 20;

23:17 De vuestras habitaciones traeréis dos panes para ofrenda mecida, que serán de dos décimas de efa de flor de harina, cocidos con levadura, como primicias para Jehová.
23:18 Y ofreceréis con el pan siete corderos de un año, sin defecto, un becerro de la vacada, y dos carneros; serán holocausto a Jehová, con su ofrenda y sus libaciones, ofrenda encendida de olor grato para Jehová.
23:19 Ofreceréis además un macho cabrío por expiación, y dos corderos de un año en sacrificio de ofrenda de paz.
23:20 Y el sacerdote los presentará como ofrenda mecida delante de Jehová, con el pan de las primicias y los dos corderos; serán cosa sagrada a Jehová para el sacerdote.

 

Nm. 28:26 Además, el día de las primicias, cuando presentéis ofrenda nueva a Jehová en vuestras semanas, tendréis santa convocación; ninguna obra de siervos haréis.

 

Dt. 16:10 Y harás la fiesta solemne de las semanas a Jehová tu Dios; de la abundancia voluntaria de tu mano será lo que dieres, según Jehová tu Dios te hubiere bendecido.

 

Además de los dos panes simbólicos, se ofrecía un holocausto de diez animales; se inmolaba asimismo un macho cabrío en ofrenda de expiación y dos corderos en sacrificio de acción de gracias.

 

(Lv. 23:18, 19).

23:18 Y ofreceréis con el pan siete corderos de un año, sin defecto, un becerro de la vacada, y dos carneros; serán holocausto a Jehová, con su ofrenda y sus libaciones, ofrenda encendida de olor grato para Jehová.
23:19 Ofreceréis además un macho cabrío por expiación, y dos corderos de un año en sacrificio de ofrenda de paz.

En Israel la fiesta no duraba más que un día, pero los judíos que residían fuera del país la celebraban dos días seguidos. Durante Pentecostés, como durante las otras fiestas, los israelitas debían hacer presentes a los pobres

 

(Dt. 16:11, 12).

16:11 Y te alegrarás delante de Jehová tu Dios, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, el levita que habitare en tus ciudades, y el extranjero, el huérfano y la viuda que estuvieren en medio de ti, en el lugar que Jehová tu Dios hubiere escogido para poner allí su nombre.
16:12 Y acuérdate de que fuiste siervo en Egipto; por tanto, guardarás y cumplirás estos estatutos.

 

En una época tardía, los rabinos alegaron una relación, que no se menciona en el AT, entre la fecha de la promulgación de la Ley en el Sinaí y Pentecostés. Pero no se puede demostrar que la Ley de Moisés fuera dada exactamente cincuenta días después de la salida de Egipto.

El Pentecostés más decisivo fue el que tuvo lugar después de la resurrección y ascensión de Cristo. A la hora tercia (hacia las 9 de la mañana), el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles y sobre alrededor de ciento veinte discípulos.

Hch. 2:15-21.

2:15 Porque éstos no están ebrios, como vosotros suponéis, puesto que es la hora tercera del día.
2:16 Mas esto es lo dicho por el profeta Joel:
2:17 Y en los postreros días, dice Dios, Derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, Y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán;
Vuestros jóvenes verán visiones, Y vuestros ancianos soñarán sueños;
2:18 Y de cierto sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días Derramaré de mi Espíritu, y profetizarán.
2:19 Y daré prodigios arriba en el cielo, Y señales abajo en la tierra, Sangre y fuego y vapor de humo;
2:20 El sol se convertirá en tinieblas, Y la luna en sangre, Antes que venga el día del Señor, Grande y manifiesto;
2:21 Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.

 

Así es como fue fundada la Iglesia. El Espíritu Santo fue dado, sin distinción de edad, de sexo o de condición social, a todos los que estaban reunidos en el aposento alto.

Hch. 2:1-4

2:1 Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos.
2:2 Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados;
2:3 y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos.
2:4 Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.

 

En el pasado, el Espíritu había sido otorgado con poder a los profetas y a ciertos creyentes, pero el primer Pentecostés cristiano marca el inicio de la dispensación del Espíritu. Desde aquel entonces, los dones del Espíritu Santo son dados a los creyentes, sellados por Él, y son en consecuencia exhortados a ser llenos de Él (Hch. 1:8; 2:38-39; Ef. 1:12-13; 5:18), y ello sin la observancia de ritos particulares. Dios había suscitado en el pasado al pueblo de Israel, al que se reveló de una manera especial. En la actualidad, en esta nueva dispensación, el Señor actúa por medio de la Iglesia, de la que el Espíritu es el vínculo de unión, fortificándola, acrecentándola y edificándola sobre la tierra (Hch. 2:39; Ef. 1:22, 23).

Es de destacar que la misma Ley de Moisés haya situado esta fiesta tan importante al día siguiente de un sábado (en efecto, el día cincuenta caía el día después de siete sábados). De la misma manera, la resurrección de Cristo y el descenso del Espíritu, con la consiguiente fundación de la Iglesia, tuvieron lugar en el primer día de la semana, día característico de la nueva creación

 

 

HADES.

 (Hebreo «Sh'õl»; gr. «Hades»

Salmo 16:10 Porque no dejarás mi alma en el Seol,BLUENi permitirás que tu santo vea corrupción.

Hch. 2:27 Porque no dejarás mi alma en el Hades, Ni permitirás que tu Santo vea corrupción.

La etimología de los dos términos es dudosa. «Sh'õl» puede significar «insaciable»

Pr. 27:20 El Seol y el Abadón nunca se sacian; Así los ojos del hombre nunca están satisfechos; Pr. 30:15 La sanguijuela tiene dos hijas que dicen: ¡Dame! ¡Dame! Tres cosas hay que nunca se sacian; Aun la cuarta nunca dice: ¡Basta! 30:16 El Seol, la matriz estéril, La tierra que no se sacia de aguas, «Hades» podría significar «invisible».

 

Los judíos llamaban Seol al lugar a donde se dirigían todos los muertos, bienaventurados o no (Ec. 9:3, Este mal hay entre todo lo que se hace debajo del sol, que un mismo suceso acontece a todos, y también que el corazón de los hijos de los hombres está lleno de mal y de insensatez en su corazón durante su vida; y después de esto se van a los muertos 9:10 Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría). El patriarca que moría era «unido a su pueblo» (Gn. 25:8 Y exhaló el espíritu, y murió Abraham en buena vejez, anciano y lleno de años, y fue unido a su pueblo., etc.).

1Samuel 9:9 (Antiguamente en Israel cualquiera que iba a consultar a Dios, decía así: Venid y vamos al vidente; porque al que hoy se llama profeta, entonces se le llamaba vidente.)
9:10 Dijo entonces Saúl a su criado: Dices bien; anda, vamos. Y fueron a la ciudad donde estaba el varón de Dios.
9:11 Y cuando subían por la cuesta de la ciudad, hallaron unas doncellas que salían por agua, a las cuales dijeron: ¿Está en este lugar el vidente?

Samuel afirma a Saúl y a sus hijos que al día siguiente ellos estarían donde él se encontraba (1 S. 28:19 Y Jehová entregará a Israel también contigo en manos de los filisteos; y mañana estaréis conmigo, tú y tus hijos; y Jehová entregará también al ejército de Israel en mano de los filisteos).

David, llorando a su hijo, dijo que él se reuniría con su pequeño (2 S. 12:23 Mas ahora que ha muerto, ¿para qué he de ayunar? ¿Podré yo hacerle volver? Yo voy a él, mas él no volverá a mí); al morir, el rey «durmió con sus padres» (1 R. 2:10 Y durmió David con sus padres, y fue sepultado en su ciudad).

Se hablaba de «descender al Seol», como si estuviera cerca de la tumba o como si los cuerpos fueran depositados allí Nm. 16:30-33 Mas si Jehová hiciere algo nuevo, y la tierra abriere su boca y los tragare con todas sus cosas, y descendieren vivos al Seol, entonces conoceréis que estos hombres irritaron a Jehová. 16:31 Y aconteció que cuando cesó él de hablar todas estas palabras, se abrió la tierra que estaba debajo de ellos.16:32 Abrió la tierra su boca, y los tragó a ellos, a sus casas, a todos los hombres de Coré, y a todos sus bienes.16:33 Y ellos, con todo lo que tenían, descendieron vivos al Seol, y los cubrió la tierra, y perecieron de en medio de la congregación.;

Ez. 31:17 También ellos descendieron con él al Seol, con los muertos a espada, los que fueron su brazo, los que estuvieron a su sombra en medio de las naciones;

Am. 9:2 Aunque cavasen hasta el Seol, de allá los tomará mi mano; y aunque subieren hasta el cielo, de allá los haré descender.;

Ef. 4:8 Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, Y dio dones a los hombres.BLUE  4:9 Y eso de que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra?
4:10 El que descendió, es el mismo que también subió por encima de todos los cielos para llenarlo todo.

Salmo 68:18 Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, Tomaste dones para los hombres,BLUE
Y también para los rebeldes, para que habite entre ellos JAH Dios. 68:19 Bendito el Señor; cada día nos colma de beneficios El Dios de nuestra salvación. Selah 68:20 Dios, nuestro Dios ha de salvarnos, Y de Jehová el Señor es el librar de la muerte.

1 R. 17:20 Y clamando a Jehová, dijo: Jehová Dios mío, ¿aun a la viuda en cuya casa estoy hospedado has afligido, haciéndole morir su hijo? 17:21 Y se tendió sobre el niño tres veces, y clamó a Jehová y dijo: Jehová Dios mío, te ruego que hagas volver el alma de este niño a él.
17:22 Y Jehová oyó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él, y revivió.

 

El Seol era considerado en el AT como lugar de olvido y de reposo para el creyente (Jb. 3:13 Pues ahora estaría yo muerto, y reposaría; Dormiría, y entonces tendría descanso, 3:14 Con los reyes y con los consejeros de la tierra, Que reedifican para sí ruinas; 3:15 O con los príncipes que poseían el oro, Que llenaban de plata sus casas.
3:16 ¿Por qué no fui escondido como abortivo, Como los pequeñitos que nunca vieron la luz? 3:17 Allí los impíos dejan de perturbar, Y allí descansan los de agotadas fuerzas.
3:18 Allí también reposan los cautivos; No oyen la voz del capataz. 3:19 Allí están el chico y el grande, Y el siervo libre de su señor.
).

 

En Eclesiastés, donde se contempla todo desde la perspectiva de «debajo del sol», todo vuelve al polvo, tanto el hombre como la bestia (Ec. 3:19 Porque lo que sucede a los hijos de los hombres, y lo que sucede a las bestias, un mismo suceso es: como mueren los unos, así mueren los otros, y una misma respiración tienen todos; ni tiene más el hombre que la bestia; porque todo es vanidad. 3:20 Todo va a un mismo lugar; todo es hecho del polvo, y todo volverá al mismo polvo. 3:21 ¿Quién sabe que el espíritu de los hijos de los hombres sube arriba, y que el espíritu del animal desciende abajo a la tierra?); Los muertos nada saben, nada poseen ni ninguna obra hacen, y no tienen ya parte en nada de lo que se hace bajo el sol (Ec. 9:10 Todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas; porque en el Seol, adonde vas, no hay obra, ni trabajo, ni ciencia, ni sabiduría).

 

Sin embargo, en otros pasajes del mismo libro se admite claramente que, aunque los muertos ya no tienen relación con la actividad de esta tierra, siguen existiendo (Ec. 11:9 Alégrate, joven, en tu juventud, y tome placer tu corazón en los días de tu adolescencia; y anda en los caminos de tu corazón y en la vista de tus ojos; pero sabe, que sobre todas estas cosas te juzgará Dios; 12:7 y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio, 12:14 Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala).

 

En muchos otros pasajes del AT también se hallan alusiones a la existencia de las almas en el Seol; Samuel (1 S. 28:15 Y Samuel dijo a Saúl: ¿Por qué me has inquietado haciéndome venir? Y Saúl respondió: Estoy muy angustiado, pues los filisteos pelean contra mí, y Dios se ha apartado de mí, y no me responde más, ni por medio de profetas ni por sueños; por esto te he llamado, para que me declares lo que tengo que hacer.).

Los impíos mantienen su personalidad en el Seol (Is. 14:9-10; Éx. 32:21-31).

El Seol está abierto y expuesto a la mirada de Dios (Jb. 26:6; Pr. 15:1), y su misma presencia se hace sentir a los suyos (Sal. 139:8).

Los creyentes del AT tenían además la certidumbre de la gloria futura y de la resurrección del cuerpo (Job. 19:25-27; Sal. 16:8-11; 17:15; 49:14-16; 73:24-26; Dn. 12:2-3).

El arrebatamiento de Enoc y de Elías (Gn. 5:24; 2 R. 2:11) confirma esta idea.

En el NT, además, el Señor presenta unos incidentes del AT que muestran la fe de los antiguos en el más allá (Mt. 22:31-32; Lc. 20:38).

 

En el período precedente a la primera venida de Cristo, los judíos distinguían entre dos partes del Seol: una, reservada a los impíos, atormentados desde el momento de su partida de este mundo; la otra, reservada a los bienaventurados, y llamada «paraíso» o «seno de Abraham».

 

El mismo Jesús empleó estas expresiones y dio notables precisiones acerca de la morada de los muertos (Lc. 16:19-31).

16:19 Había un hombre rico, que se vestía de púrpura y de lino fino, y hacía cada día banquete con esplendidez.
16:20
Había también un mendigo llamado Lázaro, que estaba echado a la puerta de aquél, lleno de llagas,
16:21
y ansiaba saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; y aun los perros venían y le lamían las llagas.
16:22
Aconteció que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, y fue sepultado.
16:23
Y en el Hades alzó sus ojos, estando en tormentos, y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.
16:24
Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua, y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama.
16:25
Pero Abraham le dijo: Hijo, acuérdate que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro también males; pero ahora éste es consolado aquí, y tú atormentado.
16:26
Además de todo esto, una gran sima está puesta entre nosotros y vosotros, de manera que los que quisieren pasar de aquí a vosotros, no pueden, ni de allá pasar acá.
16:27
Entonces le dijo: Te ruego, pues, padre, que le envíes a la casa de mi padre,
16:28
porque tengo cinco hermanos, para que les testifique, a fin de que no vengan ellos también a este lugar de tormento.
16:29
Y Abraham le dijo: A Moisés y a los profetas tienen; óiganlos.
16:30
El entonces dijo: No, padre Abraham; pero si alguno fuere a ellos de entre los muertos, se arrepentirán.
16:31
Mas Abraham le dijo: Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se persuadirán aunque alguno se levantare de los muertos.

 

Desde su partida de este mundo, el creyente gozaba de consuelo y reposo. Éste era el «paraíso» prometido al ladrón en la cruz el mismo día de su muerte (Lc. 23:43 Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso).

En cambio, el impío, en plena posesión de sus facultades y memoria, sufre en un lugar del que no puede salir. Este lugar de tormento es un encarcelamiento previo: espera allí la resurrección de los impíos, el Juicio Final y la reclusión eterna que tendrá lugar en el infierno.

Se produjo un gran cambio en la morada de los muertos bienaventurados al descender allí Cristo. Según la profecía, el Señor no fue dejado allí (Sal. 16:8-11) por cuanto era imposible que Él fuera retenido por los lazos de la muerte (Hch. 2:24).

Salido de la tumba, «subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres» (Ef. 4:8-10).

Los comentaristas creen que, en Su glorificación, Cristo liberó del Seol a los muertos creyentes, y los llevó con Él al cielo mismo.

El hecho es que desde entonces todos los que mueren en la fe, en lugar de descender a la morada de los muertos, van directamente a la presencia del Señor. Así, Pablo prefiere partir, y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor (Fil. 1:21-24; 2 Co. 5:6-8).

La muerte viene a ser para nosotros «ganancia»; de hecho, deja de ser muerte como tal (Jn. 11:25).

 

Siendo que el Seol, o morada de los muertos, no es nada más que una cosa provisional, dejará de existir en el momento del Juicio Final. Entonces será echado «en el lago de fuego». Junto con aquellos muertos impíos en su seno, es, por así decirlo, derramado en el infierno eterno que tendrá entonces su comienzo (Ap. 20:13-14).

 

CASTIGO ETERNO

Esta expresión designa la suerte reservada a los no arrepentidos en el mundo venidero (Mt. 25:46).

Un término más usado es «infierno» (del latin.: «inferior»); este término aparece en la versión Reina-Valera como traducción de «Gehennem». Infierno está inspirado en Ef. 4:9 (Cristo descendió a las partes más bajas de la tierra, esto es, la morada de los muertos). No tenía en principio el sentido que se le da comúnmente, y que lo restringe al lugar de tormento, sino que tenía un significado equivalente a «Seol».

Genesis 2:16.17

 

(a) DESCRIPCIÓN.

¿Dónde hallamos una descripción bíblica del castigo eterno? Entre muchos otros se pueden citar:

La vergüenza y confusión perpetua (Dn. 12:2);

El fuego de la «Gehennem» (Mt. 18:9);

El fuego que no puede ser apagado (Mr. 9:43);

El horno de fuego (Mt. 13:41-42);

El lugar de lloro y del crujir de dientes (Mt. 22:13);

Las tinieblas de afuera (Mt. 8:12);

El castigo del fuego eterno (Jud. 7);

El lago de fuego (Ap. 20:15), etc.

De todas estas expresiones se ve que el castigo eterno es una horrenda realidad. Cierto es que se emplean imágenes: fuego, tinieblas, gusanos, llanto, crujir de dientes, etc. Las Escrituras nos hablan en un lenguaje humano para damos una idea del mundo venidero; pero la descripción que hallamos en ellas es totalmente distinta de las grotescas representaciones de la Edad Media.

 

La idea que domina a todos estos textos es que el castigo eterno consiste en la separación de Dios, con todas sus consecuencias: «Los cuales sufrirán pena de eterna perdición, excluidos de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.»

 

Sin embargo, con respecto a las consecuencias de esta exclusión, se tiene que recordar que el castigo eterno caerá sobre la persona completa. Los impíos sufrirán la pena del castigo eterno después de la resurrección de sus cuerpos, por lo que es erróneo insistir excesivamente en que las imágenes anteriores son meros símbolos. Y se tiene que recordar también que las imágenes, símbolos, etc., se usan para expresar una realidad más plena, no menos, que la que tienen los símbolos mismos.

 

Es evidente que las penas del alma serán espirituales; pero no es menos cierto que los impíos resucitados recibirán un castigo que, adecuado a su medida de responsabilidad, recaerá sobre la plenitud de su ser (Mt. 10:28).

 

¿Qué es la Gehennem? Este término es la transcripción del término heb. «gé-Hinon», lugar maldito donde ciertos israelitas y sus reyes infieles habían quemado vivos a sus hijos e hijas en honor de Moloc (2 R. 23:10).

 

Parece que en época de Cristo se quemaban allí las basuras de Jerusalén. Jesús empleó el término de «Gehennem» para hablar del fuego del infierno, de la manera que las Escrituras usan en el mismo sentido los términos de horno, de tinieblas, de azufre.

 

(b) SUFRIMIENTO.

El sufrimiento del infierno. Los textos bíblicos insisten mucho sobre la ignominia, el tormento, el llanto, el crujir de dientes, la tribulación, la angustia, el sufrimiento que sufren los réprobos Dn. 12:2;

Lc. 16:23-24;

Mt. 13:42;

Ro. 2:8-9;

Jud. 7.

Y el apóstol Juan añade: «Y el humo de su tormento sube por los siglos de los siglos. Y no tienen reposo de día ni de noche... y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos» (Ap. 14:10-11; 20:10).

¿Cómo se pueden imaginar tales sufrimientos, y especialmente cómo se pueden conciliar con la concepción de un Dios de amor? Señalemos en primer lugar que la perdición será provocada precisamente por el rechazo del amor de Dios; por otra parte el Señor no habrá de hacer nada para atormentar a los que no quisieron Su salvación, a excepción de alejarlos de Sí (Mt. 25:41).

¿Acaso no dijo una vez a los israelitas que, por su incredulidad, habían rehusado entrar en la Tierra Prometida: «Y conoceréis lo que es estar privados de mi presencia»? (Nm. 14:34, Keil-Delitzsch).

 

 (c) CUANTÍA.

El castigo será proporcional a la responsabilidad individual de cada cual. Dios no es injusto, y cada uno de los impíos será juzgado exactamente según sus obras (Ap. 20:12-13;

Ec. 12:1, 16;

Mt. 12:36;

Ro. 2:16;

Jud. 14-15).

La responsabilidad de los culpables será evaluada según la luz recibida, y los que han pecado sin la ley, sin la ley perecerán (Ro. 2:12).

 

Las ciudades que rechazaron las enseñanzas de Cristo serán juzgadas con mucha mayor severidad que Sodoma y Gomorra (Mt. 10:14-15; 11:20-24).

Unos serán azotados con pocos azotes, otros con muchos azotes (Lc. 12:47-48); de la misma manera que en el cielo habrá recompensas proporcionadas a la obra de cada uno (1 Co. 3:8).

 

(d) DURACIÓN.

La duración del infierno. La Biblia asigna al castigo de los impíos una duración eterna. En heb., como en gr., se emplean los mismos términos para designar la vida eterna y el tormento eterno (Dn. 12:2; Mt. 25:46).

Se trata de un fuego que no se puede apagar, de un gusano que no muere (Mt. 3:12; Mr. 9:48).

También en otros pasajes el uso del término eterno, en gr. «aionios» (Mr. 3:29; 2 Ts. 1:9;

He. 6:2;

Jud. 6, 7, 13).

Este término aparece 71 veces en el NT. Hay algunos que piensan que solamente significa «de gran duración, en relación con el siglo (aion) venidero». Ahora bien, en 64 ocasiones eterno se aplica a las gloriosas realidades sin fin del otro mundo: Dios, el Espíritu, el Evangelio, la salvación, la redención, la herencia, la gloria, el reino, la vida eterna, etc.

Y esta misma palabra se aplica 7 veces a la perdición. ¿No debe por ello significar asimismo una realidad sin fin?

Hemos visto que en Apocalipsis se afirma que el tormento se prolonga «por los siglos de los siglos» (Ap. 14:11; 19:3; 20:10).

Y también en el mismo libro este término califica 10 veces la duración de la existencia de Dios, de Su gloria, reino, y del reino de los elegidos en el cielo (Ap. 1:6, 18; 11:15; 22:5, etc.).

Ante tales declaraciones, quedamos profundamente afligidos. Además, no es posible dudar de la sabiduría, del amor, y de la justicia de Dios. Un día, en Su presencia, comprenderemos: «El juicio será vuelto a la justicia, y en pos de ella irán todos los rectos de corazón» (Sal. 94:15).

 

(e) ANIQUILACIÓN.

¿No serán aniquilados los impíos en el mundo venidero? No es esto lo que muestran las Escrituras, por cuanto su tormento no tiene fin. Sin embargo, los partidarios del «condicionalismo» afirman que, como Dios, «es el único que tiene inmortalidad» (1 Ti. 6:16).

Él solamente la concede a aquellos que creen; a falta de lo cual dejarían de existir. Ahora bien, es cierto que sólo el Señor puede decir: «Yo soy la vida» y que conocerle a Él es la vida eterna (Jn. 14:6; 17:3); esta vida verdadera sólo es comunicada al creyente (Jn. 3:36; 1 Jn. 5:12).

Pero la Biblia enseña que la muerte espiritual, bien lejos de ser la ausencia de existencia, es la separación de Dios, y la privación de la única verdadera felicidad.

Adán y Eva fueron excluidos del Edén después de su caída en base a Gn. 2:17; el hijo pródigo estaba «muerto» en su alejamiento de su Padre (Lc. 15:24

1 Ti. 5:6); los efesios lo habían estado en sus delitos y pecados (Ef 2:1,5).

En cuanto a la muerte segunda que sigue al Juicio Final no es la aniquilación sino el lago de fuego, lugar de tormento eterno (Ap. 20:10; 21:8; 14:10-11).

 

(f) TODOS SALVOS.

¿No serán todos salvados un día? Los universalistas insisten en las palabras «todos» en los siguientes textos: «Así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados... para que Dios sea todo en todos» (1 Co. 15:22, 28; cp. Fil. 2:10-11; Ro. 11:32; Col. 1:20).

Dicen ellos que el triunfo de Cristo no sería completo si tan sólo una criatura escapara de Su amor; un día, prosiguen, todos los pecadores, y el mismo diablo, serán salvos, después de haber sido purificados por el fuego del infierno (Stróter). Los textos bíblicos dicen algo muy distinto.

Pablo dice: «En Cristo todos serán vivificados... los que son de Cristo en Su venida» (1 Co. 15:23). En Cristo es la palabra clave. Los que están en Cristo son los creyentes (Ro. 6:5-11, 23; 8:1; cp. Ef. 2:10; Col. 3:11).

Es evidente que se está hablando de todos los creyentes. Toda rodilla se doblará un día ante el Señor; esto es, todos, incluyendo Sus enemigos, se le someterán. Por otra parte, si los sufrimientos de un fuego purificador salvara las almas de los que han rechazado el evangelio aquí y ahora, su redención no tendría lugar por la sangre de Cristo. Y frente a esto cp. Sal. 49:8.

 

(g) PURGATORIO.

Doctrina católico romana del Purgatorio.

El Purgatorio es una ficción del catolicismo romano. Todos los pasajes bíblicos que tratan del más allá no presentan más que dos destinos: el cielo y el infierno, el camino ancho de la perdición y la puerta estrecha de la vida (Mt. 7:13, 14),

La cizaña arrojada al horno y el trigo metido en el granero celeste (Mt. 13:41-43, 49, 50),

Las vírgenes insensatas son dejadas afuera y las prudentes reciben entrada (Mt. 25:10, 11),

El servidor infiel es echado a las tinieblas de fuera y el siervo fiel entra en el gozo de su señor (Mt. 13:21, 30), los malditos van al fuego al castigo eterno, los benditos a la vida eterna (Mt. 13:33-46),

El rico malvado va a los tormentos sin poder de recibir ayuda alguna; y Lázaro va al seno de Abraham (Lc. 16:22-23);

Hay la resurrección para vergüenza y condenación eterna, otra para vida eterna (Dn. 12:2; Jn. 5:29);

los impíos son arrojados al lago de fuego y de azufre, y los elegidos entran en la Jerusalén celestial (Ap. 21:1-4, 8).

Cristo murió diciendo: «¡Consumado es!» (Jn. 19:30). El hombre es justificado «gratuitamente por Su gracia. ... por la fe sin las obras» (Ro. 3:23, 28).

No es, pues, el sufrimiento en un «purgatorio» lo que expía el pecado ya abolido por la cruz (He. 9:26; 10:10, 17-18), y de los que solamente la sangre de Cristo nos purifica enteramente (1 Jn. 1:7, 9).

 

(h) CÓMO ESCAPAR.

Cómo escapar al infierno.

Siendo que es tan horrendo el castigo en el mundo venidero, nuestro principal interés debiera ser evitarlo a todo precio. Este es también el deseo de Dios para nosotros, y la condición que ha puesto para ello es de lo más simple. Él ha dado a Su Hijo unigénito, a fin de que todo aquel que crea en Él no se pierda (Jn. 3:16).

 

Todo el que oye Su palabra y cree... tiene la vida eterna y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida (Jn. 5:24). «El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente» (Ap. 22:17). En suma, van al infierno los que así lo quieren, y van al cielo los que quieren.

 

Un día, Cristo lloró sobre Jerusalén diciendo: «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!» (Mt. 23:37). Que sea de manera que jamás nos haga a nosotros tal reproche.

 

Bibliografía.

Anderson, Sir Robert: Human Destiny (Pickering and Inglis), Londres s/f; Darby, J. N.: «On Everlasting Punishment», The Bible Treasury, Dic. 1868; Lacueva, F.: Escatología II (Clie, Terrassa, 1983); Pache,R.: L'Au-Delá (Éditions Emmaús, Suiza); Pentecosts, J. D.: Eventos del Porvenir (Libertador, Maracaibo 1977).

 

RESUMIENDO

¿Cómo sabemos que hay un cielo? Nuestra única fuente de información es la Biblia. No podemos lógicamente recibir la revelación de que existe el cielo sin recibir todo lo que la Biblia enseña, y la Biblia de igual manera y muy claramente nos dice que hay un infierno.

 

Nuestra creencia en el uno se afinca precisamente en el mismo terreno de nuestra creencia en el otro.

 

No podemos ser consistentes en creer que hay un cielo y rehusar creer que hay un infierno. Tenemos que creer en ambos o rechazar a ambos. “A la ley y a los profetas,” entonces. Dejad que las Escrituras hablen por sí mismas.

 

Para despejar el terreno será necesario examinar cuidadosamente punto por punto las Escrituras referentes a esta materia. Al empezar podemos decir que las referencias al hebreo y al griego [1] con frecuencia denuncian una crasa ignorancia de, y un ataque malicioso a la Palabra de Dios. Por ejemplo oímos al finado “Pastor” Russell [2] (el fundador de los llamados «Testigos de Jehová») decirle a una audiencia de cerca de mil personas que sheol quiere decir sepulcro. Pero no significa tal cosa, y con todo eso cientos de personas insensatas creyeron su aseveración por ser agradable al paladar de ellas. Uno de los oyentes, un hombre completamente mundano, exclamó con deleite, que el liberalmente contribuiría al sostenimiento financiero de la causa, porque daba una sensación de comodidad el pensar que no existe el infierno.

 

El finado W. E. Gladstone, al comentar la negación del castigo eterno, dijo: «¿Qué es esto sino mutilar todas las sanciones de la religión y dar a la maldad de suyo desenfrenada una nueva amplitud de licencia?»

 

El mejor comienzo que podríamos dar a nuestro examen sería la consideración del significado de la palabra sheol. Hay dos palabras traducidas muchas veces con el significado de “sepulcro” en el Antiguo Testamento.

 

1.      Qaber  ―  sepulcro, sepultura, a saber, un sitio.

2.      Sheol  ―  el estado de las almas desincorporadas, a saber, una condición.

 

Qaber es siempre justamente traducido sepulcro, o lugar de enterramiento.

Sheol  nunca se traduce justamente sepulcro.

 

Qaber

Qaber es traducido sepulcro 51 veces y sepultura 15 veces; en efecto, siempre es traducido por la palabra sepulcro o sus equivalentes. Viendo que el hombre desde el principio había estado familiarizado con el sepulcro, las referencias a éste no presentarían ninguna dificultad al traductor. Qaber significa el sepulcro y nada más que el sepulcro. Esto es indisputable.

 

Sheol

Sheol es traducido infierno 11 veces; el profundo 4 veces; abismo 3 veces; fosa 2 veces; huesa 2 veces; sepulcro 31 veces; y sepultura 12 veces. En el caso de Qaber los traductores siempre nos dan la misma palabra o sus equivalentes. ¿Por qué no hacen lo mismo con sheol? Lo traducen infierno 11 veces y sepulcro o sepultura 43 veces. A la faz de esto no puede traducirse por dos palabras tan disímiles en su significado. Si el sepulcro significa el sitio de enterramiento de los cuerpos despojados de sus almas, y el sheol la condición de las almas sin sus cuerpos; no son más indistintas que si la misma palabra fuese traducida Londres y locura. Londres es un sitio. Locura es una condición.

 

Al citar las Escrituras sobre este importante punto, hallaremos en cada caso que con la palabra queber está asociada la idea de localidad y nunca la idea de condición, y con la palabra sheol siempre va asociada la idea de condición y nunca la de localidad.

 

Qaber se encuentra en plural 27 veces.

 

Sheol nunca se encuentra en plural.

 

El enterramiento de quinientos cuerpos en un cementerio significa muchos sepulcros.

 

La entrada de quinientas almas desincorporadas en la eternidad significa una sola condición.

 

Qaber se refiere al Qaber o sepulcro exclusivo de un individuo. 

 

Nunca se habla de sheol como el sheol exclusivo de ningún individuo. Es claro entonces que una condición, a saber, la de ser desincorporado, es común a todos los que han muerto. Para ilustrar esto aducimos los siguientes pasajes de las Escrituras.

 

Qaber es referida como “mi sepulcro” (Génesis 50:5),  “sepulcro de Abner”  (2 Sam. 3:32); “su sepulcro” (1.º Reyes 13:30); “tus sepulcros” (2.º Crónicas 34:28); “sus sepulcros” (Jeremías 8:1) etc., etc.

 

Sheol es traducido erróneamente por sepulcro o sepultura 43 veces, pero en cada caso sin excepción es traducido “el sepulcro”. Nunca es traducido “mi sepulcro”, “su sepulcro”, etc., etc. Ahora bien, si sheol hubiese significado sepulcro, hubiese poseído al igual que Qaber estas distintas variaciones, pero no lo significa. Sheol NO significa sepulcro pero se traduce así erróneamente.

 

Qaber lleva asignada posición geográfica. “Heredad de sepultura de Perón el Hetheo, delante de Mamre.” (Génesis 50:13); “¿No había sepulcros en Egipto?” (Ex. 14:11); “En Sela en el sepulcro de Cis” (2.ª Samuel 21:14); “la ciudad de los sepulcros de mis padres” (Neh. 2:5); “Yo daré a Gog lugar para sepultura allí en Israel” (Ezequiel 39:11)

 

Sheol no tiene asignada a él posición geográfica alguna. Una condición no tiene geografía.

 

Se habla de Qaber en relación  con la entrada del cuerpo en él. “Y puso su cuerpo en el sepulcro” (1.º Reyes 13:30); “arrojaron al hombre (esto es, su cuerpo muerto) en el sepulcro de Eliseo” (2 Reyes 13:21); “los matados que yacen en el sepulcro” (Salmos 88:5); “echó su cuerpo en los sepulcros del vulgo” (Jeremías 26:23)

 

No se habla del sheol nunca en relación con el cuerpo. La razón es obvia. No tiene relación con éste. Sólo tiene que ver con el alma.

 

Qaber tiene relación con una posesión en esta tierra, exactamente igual que podemos poseer una casa o una finca. “Heredad de sepultura” (Génesis 23:4); “posesión de sepultura” (Génesis 23:9, 20).

 

Nunca se habla de sheol en esta relación. No podemos poseer una condición. No podemos tener título de propiedad para una condición.

 

Qaber puede ser cavado o hecho. “En mi sepulcro que yo cavé para mí” (Génesis 50:5); “Haréla tu sepultura.” (Nahúm 1:14).

 

Nunca se dice que sheol sea cavado o hecho.

 

Una aparente excepción a lo arriba expresado sirve para enfatizar la verdad de los que se ha demostrado. En relación con la rebelión de Coré, Dathan y Abiram leemos:

           

“Más si Jehová hiciere una nueva cosa, y la tierra abriera su boca, y los tragare con todas sus cosas, y descendieren vivos al abismo (sheol), entonces conoceréis que estos hombres irritaron a Jehová.” (Números 16:30)

 

La cosa nueva a que se hace referencia es muy obvia. Los cuerpos de los rebeldes hallaron enterramiento abriendo su boca la tierra y tragándolos. Pero podría argüirse que ellos descendieron vivos al abismo, lenguaje que parece aplicarse al “sepulcro”.

 

Un poco más adelante nos referimos a la palabra “descender” en relación con esto, y en cuanto a la palabra “a” podríamos hablar de un individuo yendo a la muerte aunque nunca descienda al sepulcro. En el momento en que uno muere está en la condición de muerte, aunque el cuerpo ha tenido generalmente que esperar varias horas o días antes de ser colocado en el sepulcro. Entonces “en” o  “a” pueden aplicarse a una condición igualmente que a una localidad.

 

Hasta ahora hemos estado considerando a sheol en una relación que no tiene, esto es, que no se refiere al sepulcro. En otras palabras hemos estado considerándolo desde el punto de vista negativo, de lo que no es. Ahora vamos a examinar las Escrituras en cuanto al punto de vista positivo en que se encuentra la palabra sheol.

 

Sheol para el impío está conectado con dolor y pena. “Porque fuego se encenderá en mi furor, y arderá hasta el profundo (Sheol)”  (Deut. 32:22); “Me rodearon los dolores del infierno (sheol)”  (2.º Samuel 22:6); “Me encontraron las angustias del sepulcro (sheol)” (Salmos 116:3).

 

Qaber nunca está conectado con juicio o pena. El cuerpo en el sepulcro está inconsciente y no puede sentir dolor o experimentar pena. Una entidad consciente, como el alma en la condición de sheol, puede experimentar estas cosas.

 

Sheol siempre está conectado con el alma, nunca con el cuerpo. “Porque no dejarás mi alma en el sepulcro (sheol)” (Salmos 16:10). “Has librado mí alma del hoyo profundo (sheol)” (Salmos 86:13)

 

Qaber nunca se relaciona con el alma, sino siempre con el cuerpo, como ya hemos visto.   

 

Sheol está conectado con la angustia tal como se evidencia por el clamor en voz alta: “Del vientre del sepulcro (sheol) clamé, y mi voz oíste” (Jonás 2:3)

 

Qaber no se relaciona en manera alguna  con clamor angustioso. Un cuerpo muerto no puede clamar o experimentar angustia.

 

Sheol se asocia con el pensamiento de descender. “Yo tengo de descender a mi hijo enlutado hasta la sepultura (sheol) (Génesis 37:35). Este mismo pensamiento está expresado en otros varios pasajes. Evidentemente el pensamiento de descender es un  reconocimiento del juicio de Dios en la muerte. Estas cosas fueron obscuramente conocidas en los tiempos del Antiguo Testamento. Pero que no puede significar aquí el sepulcro se evidencia del hecho de que pasaje que acaba de citarse, Jacob creyendo que su hijo José estaba muerto, y engañado por la apariencia de la ropa de colores de su hijo empapada en sangre, exclamó: “José ha sido despedazado.” Por tanto él no tenía la más mínima esperanza de que su propio cuerpo (el de Jacob) fuese puesto en el sepulcro de su hijo cuando él no creía que este existiera en absoluto.

 

El mismo pensamiento está envuelto cuando Samuel dijo a Saúl: “Mañana seréis conmigo tú y tus hijos” (1 Sam. 28:19). Eso no podía significar el sepulcro, porque Samuel sabía que los guerreros matados sobre el campo de batalla generalmente no son enterrados el mismo día, si es que son enterrados. En cuanto al cuerpo de Saúl, los filisteos no lo hallaron hasta el día después de su muerte, o sea dos días después de su entrevista con Samuel. Cercenaron su cabeza y la enviaron por la tierra de ellos en exhibición colgando su cuerpo en el muro de Beth-san. Debe haber transcurrido algún tiempo antes que los moradores de Jabes de Galaad tuvieron noticias de esto. Viajaron toda la noche, obtuvieron los cuerpos de Saúl y el de sus hijos, regresaron con ellos a Jabes y quemároslos allí. 

 

Más aún, Samuel fue enterrado en Rama, y los restos de Saúl y sus hijos fueron enterrados en Jabes de Galaad. Por los tanto está claro que Samuel no quiso decir “el sepulcro” cuando dijo, Mañana seréis conmigo, tú y tus hijos.”

 

¡Cuán claro está que Samuel reconoció que el alma sobrevive después de la muerte y conocía el verdadero significado de sheol! El lo sabía por su propia experiencia, sabía que lo sería también en la experiencia de Saúl, como en la de todos los que mueren.

 

Qaber nunca se asocia en las Escrituras con el pensamiento de descender. Desde luego, como cuestión de hecho, los cuerpos muertos descienden al sepulcro. De aquí que sea más significativo el que las Escrituras nunca usan la expresión con respecto a Qaber, sino que la usa en relación con sheol, implicando muy seguramente una idea moral respecto a una condición.

 

Sheol está asociado con el pensamiento de deseo, etc. “Ensanchó como el infierno (sheol) su alma.” (Hab. 2:5).

 

Qaber no conlleva tal idea, mas podría argüirse, ¿no dice, “en el sepulcro (sheol) a donde tú vas, no hay obra, ni industria ni ciencia, ni sabiduría?” (Eclesiastés 9:10) Sí, pero esto no es revelación, sino los anales inspirados del resumen que hizo Salomón de su conocimiento de las cosas debajo del sol. Salomón contempla las cosas según ellas afecta su obra y conocimiento y sabiduría en conexión con los asuntos de esta vida, y tales cosas no van más allá de esta vida en la experiencia de personas vivas en la tierra.

 

 

En el Nuevo Testamento

Vayamos ahora al Nuevo Testamento y sigamos los equivalentes de Qaber  y  sheol allí y encontramos que las mismas reglas se aplican exactamente a ellos.

 

MNEMEION (griego) = QABER (hebreo), sepulcro sepultura, una localidad.

HADES           (griego) = SHEOL  (hebreo), el estado de las almas Desincorporadas, a saber, una condición.

 

En el Nuevo Testamento como en el Antiguo no existe dificultad alguna en cuanto a la palabra sepulcro. Veamos primero el equivalente griego en la Septuaginta para la palabra hebrea sheol

 

La Septuaginta es el nombre de la traducción del Antiguo Testamento del hebreo al griego ejecutada por los judíos en Alejandría y así llamada porque se dice ser  la obra de setenta traductores, empleados por Tolomeo Filadelfo, Rey de Egipto, alrededor del año 280 A.C.

 

De las sesenta y cinco veces en las cuales la palabra sheol ocurre en hebreo, la Septuaginta  la traduce hades en todas con excepción de cuatro ocasiones. Dos veces es traducida  THANATOS, que es la palabra griega para muerte; y dos veces está sin equivalentes. Ni una sola vez la traducen sepulcro. ¿No prueba esto que ellos tenían una idea mucho más clara del significado de la palabra sheol que nuestros traductores, quienes erróneamente la tradujeron sepulcro o sepultura 43 veces y que a pesar de no tener plural o localidad y el hecho de que la habían traducido once veces por otra palabra  totalmente diferente, o sea, infierno?

 

Pero esta es cuestión de traducción de más o menos peso. Vengamos al Nuevo Testamento. Las Escrituras mismas deciden la cuestión con toda autoridad para nosotros. Compárese el siguiente pasaje del Antiguo Testamento con la cita del Nuevo:

 

“Porque no dejarás mi alma en el sepulcro (SHEOL); ni permitirás que tu Santo vea corrupción” (Salmo 16:10).

 

“Que no dejarás mi alma en el infierno (HADES), ni darás a tu Santo que vea corrupción.” (Hechos 2:27)

 

Esto pone la cuestión fuera de disputa. Las Escrituras mismas dirimen el punto para nosotros. Antes de seguir adelante, debemos hacer aclaraciones a fin de que el lector no espere ayuda de otra fuente.

 

No hay revelación del estado invisible en el Antiguo Testamento según de halla en el Nuevo. “La vida y la inmortalidad (literalmente, la incorrupción)  son traídas a la luz por el Evangelio” (2ª Timoteo 1:10). Llego el tiempo para Dios hacer una revelación mayor sobre esta solemne cuestión, como resultado de la muerte de su bendito Hijo, la cual cumplió todas sus justas demandas, y colocó al hombre bajo una más profunda responsabilidad que antes.  

 

No es que el Antiguo Testamento no sea plenamente inspirado por Dios como el Nuevo. El Antiguo es de  IGUAL INSPIRACIÓN Y AUTORIDAD que el Nuevo pero Dios le plugo hacer una mayor revelación de estas cuestiones en el Nuevo. Decididamente no es una cuestión de evolución sino de revelación.

 

El lector debe ser advertido de que debe de tratar con sospecha aquellos autores quienes, mientras presentan un gran cúmulo de textos del Antiguo Testamento sacados principalmente de Job y Eclesiastés, dejan de aducir igual prueba sacada del Nuevo. El hallará que tales autores tratan la revelación parcial que Dios en su infinita sabiduría ha dado en el Antiguo Testamento, como la última palabra sobre este asunto. De igual manera confunden el relato inspirado con la revelación, mientras ignoran la más plena revelación del Nuevo Testamento.

 

El libro de Eclesiastés es muy citado por escritores de dudosa autoridad. Por ejemplo, cuán frecuentemente se cita el siguiente pasaje para probar que el alma duerme inconsciente:

 

“Porque los que viven saben que han de morir; mas los muertos nada saben, no tienen más paga; porque su memoria es puesta en olvido” (Eclesiastés 9:5).

 

Pero el siguiente versículo el cual explica el punto de vista del autor así como de todo el libro generalmente no es citado:

 

“También su amor, y su odio y su envidia, feneció ya; ni tiene más parte en el siglo, en todo lo que hace DEBAJO DEL SOL” (Eclesiastés 9:6).

 

El autor habla aquí de lo que está “debajo del sol”. Hasta donde él sabe, los muertos no saben nada de lo que los hubiese interesado en esta vida.

 

El libro de Eclesiastés es profundamente interesante y útil pero no debemos acercarnos a él  esperando recibir revelación divina  sino como relato inspirado del resumen hecho por la sabiduría humana de los problemas de la vida y de la muerte, mientras aquí y allá Salomón demuestra poseer un vislumbre del más allá, dado por Dios, desde luego. 

 

A un mismo tiempo él fue el más sabio y el más rico de los hombres. Tuvo las mayores oportunidades de satisfacerse a sí mismo, guiado por un máximo de sabiduría humana. Con todo eso hizo de su vida una desgracia, y se destaca como una prueba de que el hombre debe ser controlado por el Espíritu de Dios para que sea recto en su espíritu en relación con Dios y la eternidad.

 

Su libro es el lamento maravillosamente precoz de in hombre decepcionado, pues empieza diciendo:

 

“Vanidad de Vanidades, dijo el Predicador: vanidad de vanidades, todo vanidad” (Eclesiastés 1:2).

 

Repetimos que el libro de Eclesiastés no constituye una revelación divina sino que es el relato divinamente inspirado de las dudas y desalientos humanos.

 

¿Es demasiado decir que Salomón hace diferencia entre el cuerpo inconsciente en el sepulcro y el espíritu consciente en el sheol o el hades? No lo creemos. 

 

Examine cualquiera desapasionadamente las teorías de sistemas anticristianos como los Testigos de Jehová, el Adventismo del Séptimo Día, la Ciencia Cristiana y otros por el estilo, y hallará que siempre se remiten en apoyo de sus especulaciones principalmente al Antiguo Testamento, siendo los libros de Eclesiastés y Job ampliamente citados al propósito, y muy mal interpretados por ellos